398. PALABRAS MAYORES
María Cruz Quintana Tello | Marimorena

Que a mi amigo Germán le chiflaran las biografías de personajes célebres, pase. Que en consecuencia le diese por emular tanto la apariencia como las acciones de sus protagonistas, también. Pero esa idea suya de robar algunas pertenencias de Napoleón eran ya palabras mayores. Y es que el museo donde trabajaba de conservador iba a exhibir una colección itinerante de objetos del susodicho emperador, entre los que se encontraban su bicornio y una escuchimizada levita. Pronto se celebraría la fiesta de apertura, con baile de disfraces incluido.
-Cuando todos estén ya piripis, nos colamos en la sala de exposiciones y arramblamos con un par de cosillas.
-Conmigo no cuentes -respondí, con la boca pequeña; en el fondo, me gusta meterme en líos.
Para la ocasión llevaríamos disfraces estilo imperio. Yo, además, luciría una alta y empolvada peluca a lo María Antonieta.
-Subes a la planta de arriba, haces un ovillo con la levita y lo escondes dentro de la peluca. El sombrero es cosa mía -dijo, días después, camino de la fiesta.
Esa noche, el museo estaba abarrotado de gente, departiendo, bailando, bebiendo… Germán me presentó a este, al otro, al de más allá y, por último, a un colega recién llegado de Francia, de nombre André, con el que congenié enseguida. Le saqué a bailar, y no nos separamos hasta que, de madrugada, subí al primer piso, en el que no había nadie, cogí la levita y la guardé en mi peluca.
Luego comencé a bajar por la escalera, al pie de la cual me esperaba el encantador André, con una seductora sonrisa en los labios. Esto me despistó tanto que, en el penúltimo peldaño, tropecé y caí en sus brazos. La peluca salió disparada por efecto de la colisión y describió una amplia curva en el aire antes de golpear la cabeza del cónsul francés, quien se quedó alelado. La gente miraba en derredor, buscando al culpable. Había, pues, que largarse. Me despegué a regañadientes de André y, aprovechando el revuelo, troté hacia la salida, donde me aguardaba Germán, pletórico de alegría, con el sombrero de Napoleón en las manos.
-¡Corre! –grité, y no nos detuvimos hasta llegar a un parquecito a orillas del Manzanares. Allí, tras quitar importancia a la pérdida de la levita, Germán dijo:
-Con André…, amor a primera vista, ¿no?, Carol.
-Es educado, responsable, formal……
-Si quieres, puedo darte su número de teléfono.
Observé con ternura a mi amigo, que, ufano, contemplaba las serenas aguas del río mientras se encasquetaba el bicornio hasta las cejas. “Con él, la vida será siempre un disparate”, pensé de repente. Quizá me convenía decirle adiós para poder entablar otro tipo de relaciones, menos alocadas. Una con André estaría bien. André no era de los que se meten en líos. De hecho, André parecía detestar cualquier clase de enredo. Le di vueltas a la idea durante un minuto. Pero la verdad es que me gustan mucho Germán y sus líos, así que……
-No, gracias -le dije.