550. PALINDROMANÍA
Aldo Merlino | Alter-Ado

El doctor Manzano ingresó en la habitación número 36, ubicada en el área de internados de la clínica psiquiátrica Nuevo Sol. Cinco médicos practicantes lo seguían de cerca, casi pegados a él y atentos a cada movimiento que ejecutaba su jefe del servicio. En el interior del cuarto, se hallaba un sujeto de unos treinta años, demacrado y con la mirada perdida. Yacía en su cama, maniatado torpemente con una cuerda plástica.
Como si no lo hubiese visto, el psiquiatra exclamó molesto, mientras se tomaba la cabeza con una mano:
—¡Maldita Jaqueca!…
Luego giró hacia su grupo de seguidores, miró fijamente a uno de ellos y gritó:
—¡González… haga algo útil y vaya a buscar una aspirina!… ¡Ahora mismo!
El que había recibido la orden salió disparado como si le fuese la vida en ello. Satisfecho con la reacción de su acólito, Manzano enfocó su atención en el paciente. Mientras lo observaba, ensayó una sonrisa cordial, que lució más bien como una mueca de desagrado.
—¿Cómo se encuentra hoy, señor Agos? —preguntó con fingida amabilidad.
El hombre en la cama respondió, lacónico:
—Soga ata Agos.
El jefe se volvió hacia los miembros de su séquito, que observaban la escena con atención:
—¿Lo veis? ¡Tal como os había anticipado! He aquí un claro caso de palindromanía. Este pobre hombre solo habla utilizando palíndromos creados por él. ¡Observad! —y dirigiéndose al aludido inquirió, mordaz—: ¿Y qué cenará esta noche, mi estimado amigo?
Agos lo miró, y aunque era claro que su intelecto no operaba bajo los parámetros supuestamente normales, parecía tener clara conciencia de que el otro se mofaba de él.
—Ojalá oso al ajo —murmuró.
La risa del médico estalló burlona:
—¡Mi querido Agos… me ha hecho usted reír! Creo que ya no necesitaré esa aspirina.
El paciente observó al psiquiatra —cuya talla grande era su conocido complejo— y sentenció:
—A gordo… droga.
De inmediato, la sonrisa se evaporó del rostro del doctor, que visiblemente disgustado perdió la calma y aferró con vehemencia el delgado hombro de paciente, reclamando:
—¡No le permito! Usted no…
El mordisco en el dedo fue velocísimo. Entre los gritos del psiquiatra y el revuelo de los practicantes, se escuchó a Agos murmurar, en tono confortante:
—Ay… ay… ya… ya…