1291. PANDEMIA
Gabriel Pérez Martínez | peterpandemolde3

Herminia llora en los duelos, pero de risa: según el aprecio que tenga por el difunto, ríe más o menos. En su pueblo, saben que es su forma de expresar el dolor y la respetan. Así, hoy, que ha muerto Atilano, se planta frente a los hijos de este con una sonrisa radiante, les da el pésame y, en cuanto llega al féretro y ve al difunto, no puede evitar las carcajadas. La viuda, que siempre sospechó que su marido tenía una amante, se siente devorada por los celos, pero las risotadas de Herminia son tan contagiosas que comienza a desternillarse. En cuestión de segundos, nadie para de reír. Tras cinco minutos ininterrumpidos, a la madre de Herminia, que la ha acompañado al sepelio, le da un infarto. “¡Ma ja ja ja má! ¡Ja ja ja ja…!”, grita Herminia, doblada como una alcayata, al igual que todos los demás. Mientras se suceden los síncopes, el alcalde, la panadera y otros muchos llaman a urgencias. Nadie los toma en serio.