1203. PÁNICO
ANGELA FERNÁNDEZ PEREZ | MALVA

PÁNICO
Me tocó mi turno, enfrentarme con aquel monstruo que invitaba a entrar en sus terroríficos dominios… por cuestión de orgullo…… mal entendido.
La boca del miedo se abrió de par en par y de un bocado engulló mi supuesta valentía. Desató los vientos del pánico que silbaron en forma de aullidos azotando mis cuerdas vocales hasta su extenuación.
Cerrar los ojos no me aliviaba, tampoco el ambiente festivo del resto de los mortales, que curiosamente parecía disfrutar de aquel vértigo infernal. Me sentí un bicho raro, conduciendo por la autopista del terror en dirección contraria a la del placer…
Con el vello firme ante las órdenes de un terror de alta graduación, con la palidez que pinta el miedo, me abandoné a la histeria del que está a punto de ser devorado por los leones. Me sentí dentro del grito de Munch, de la ducha de Psicosis, de la motosierra de Kruguer o del condenado a muerte friéndose en la silla eléctrica. Mi pánico era la suma de todos estos pánicos y de otras malas hierbas carnívoras.
Mi cuerpo estaba enajenado por el paralizante miedo, con los sentidos tan erizados como mi vello en un pequeño Big Bang personal.
Con el sudor pegado a mi piel y el frío del miedo congelando los poros hasta la convulsión. Con todas las alertas rojas en funcionamiento, impotente ante el monstruo devorador de almas indefensas. Las manos crispadas sobre su negro lomo sintiendo la indefensión del débil.
La bestia violadora se resistía a dejarme libre. Caías…… pero no. Te estrellabas…… pero no. Y se reía de mi debilidad. ¿O eran los otros, los inconscientes, los que se reían?
Esa experiencia, fue la sublimación del miedo coronando la cota más alta, un látigo en las tripas del vértigo más absoluto, y el más amargo sabor del pánico que inyectó en mis venas un ácido corrosivo que me dejó fuera de este mundo.
¡Fueron unos interminables minutos que parecieron losas de siglos!.
Cuando el tiempo programado se paró, el monstruo aflojó sus riendas. Volvieron mis sentidos a sus posiciones iniciales. Recuperé la consciencia y la conciencia. Me sentí libre de nuevo. Me revisé detenidamente, estaba entera. Mis mandíbulas volvieron a encajar. El cabello, después de los vientos huracanados, en su sitio. Evaporado el sudor y recuperado el color, sonreí de nuevo a la vida, esa que creí perder a manos del monstruo de los abismos que ahora simulaba tan dócil y encantador.
Dueña al fin de mi equilibrio, con la serenidad de la resaca y en mis plenas facultades mentales, con mi voz recuperada de las estridencias, como Escarlata, grité:
“A Dios pongo por testigo no volver a montar jamás en El Tren de la Mina”.