150. PAQUÍN
RAFAEL NOVOA BLANCO | DEDALUS

Mi marido adoraba su jodido sombrero. Lo llamaba Paquín y lo mantenía nuevo como el primer día. La vez que le pregunté: «Paco, mi amor, el día que te mueras, que Dios quiera sea dentro de muchos años y que yo no lo vea, pero cuando te mueras, ¿querrás que te entierren con Paquín?». Lo recuerdo mirándome con aquellos ojos de besugo mientras me decía: «A ver, Irene, ¿la Tierra es redonda?».
Mi subconsciente debió de hartarse de Paco antes que yo, porque sin proponérmelo, un día me encontré comprando un sombrero idéntico al de él, pero media talla menor, detalle que camuflé pegando la talla del suyo en el nuevo. Cuando se lo puso aquella mañana, rumió un rato y dijo: «¿No notas distinto a Paquín?» Viéndome perdida, respondí: «En eso se basan las relaciones duraderas, Paco, en descubrir cosas nuevas del otro».
En tres meses, tres sombreros, cada uno media talla menor que el anterior, pero pegada en todos ellos la talla de Paquín.
Empezó una peregrinación por médicos, psicólogos y curanderos; y aunque todos le aseguraban lo contrario, él se empeñaba en que le estaba creciendo la cabeza.
La mañana que estrenó el cuarto sombrero regresó antes de doblar la esquina, pálido como el mármol y con él en la mano. Tartamudeando, dijo que un golpe de aire se lo había arrancado de la cabeza —¡cosa inaudita!—, y que esa era la prueba definitiva.
Se encerró en casa y dirigía sus negocios por teléfono. Se negaba a salir porque no quería que la gente lo señalase como a un monstruo cabezudo. Con la ansiedad llegaron las cefaleas y comenzó a atiborrarse de analgésicos y antiinflamatorios por el día, y luego no dormía por las noches, paseando por la casa apretándose la cabeza con un cinturón, intentando comprimirla. Las verificaciones continuas del perímetro del cráneo con el metro costurero hubieran convencido al más hipocondríaco, pero no a Paco, porque su cabeza no entraba en Paquín, y Paquín no mentía, él no. Pobre angelote, de tanto como se lo oía decir, hasta yo le empezaba a ver cabezón.
Un día me desperté en plena madrugada y lo encontré en el cuarto de baño, frente al espejo. El alma cándida se había afeitado la cabeza y trataba de enroscarse el sombrero en ella como si fuera una tuerca, llorando a moco tendido y diciendo: «¡Por el amor de Dios, Paquín, pon algo de tu parte, coño!».
Una semana después lo encontré muerto en la cocina. Desesperado, había pedido por Amazon un garrafón del brebaje de esos jíbaros reductores de cabezas y se lo había bebido de una sentada.
Que Dios me perdone, pero no cumplí su deseo. Y es que nadie puede culpar a una apenada viuda de querer conservar un recuerdo de su marido. Por eso, el día que enterraron a Paco, Paquín se quedó en el perchero.