Para ser honesta…
Mar Castro Bujeiro | Madre

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Faltaban diez minutos para las doce y media, cuando toqué el timbre y aquellas enormes puertas de cristal se abrieron. Las traspasé con dudas, incertidumbre y, por qué no decirlo, incluso, cierto temor.



¡Allí estabas Tú! ESO ES. Con tu boina de color verde, que le sirven de escondite a esos ojos tan bonitos, tan veteranos y llenos de vida; vida vivida; vida luchada; vida, ahora, en calma.



Te acercaste a mí. Yo di un paso atrás, intentando mantener la distancia y te volviste a acercar. ESO ES; ESO ES; ESO ES… Lo repetías una y otra vez, con esa enorme sonrisa que siempre te acompaña. ESO ES, … No pude evitar reírme, sin ser consciente, en ese momento, que con esa expresión repetida cual mantra, era lo único que buscabas: mi sonrisa.



¡Así empezó mi relación contigo!



Cada uno de los siguientes días, ese se convirtió en nuestro saludo, seguido de conversaciones, sin demasiado contenido, pensaba yo y que, en este momento, ya las echo de menos.



Luego, te conocí a Ti, mi Chica del PARAGUAS ROSA. Tu frase de presentación fue: “Hoxe non se pode salir, porque chove muito”. Al siguiente día, mientras conducía en vuestro encuentro, me detuve en un paso de peatones, porque desde lejos, había vislumbrado a alguien que pretendía cruzar. ¡Allí estabas Tú! Con tu paraguas rosa, con tu risa contagiosa; feliz por poder salir a tu paseo, de tres a cinco.



Más tarde, una voz resonó detrás de mí, mientras alguien me tocaba el hombro. ¡Sí, eras Tú, GUERRERA DE LOS SEIS PITILLOS y corazón de azúcar!



Y tú, ¿cómo te llamas? ¿Vienes para quedarte o te vas a ir?, me dijiste, con “cara de pocos amigos”. Pronto aprendí que detrás de esa armadura infranqueable, se escondía un alma tan noble como ya pocas existen. Fuiste la encargada de que todos se aprendieran mi nombre y les hablaste de mi buen corazón, sin tan siquiera conocerme.



También te conocía a ti, CAMPEÓN DE LOS ZUMOS, y a ti, GOLOSO, y a ti, SOY DE BUENA FAMILIA. Y a ti, y a ti, y a ti, …



Cuando crucé esa enorme puerta acristalada mi intención era aportaros un poquito de mí y me encontré que vosotros me regalasteis, sin esperar nada a cambio, casi lo único que os queda: vuestro tiempo.



Gracias por esos días, gracias por vuestra compañía. Gracias porque, aunque no lo creáis, vosotros fuisteis los que me aportasteis a mí.



Gracias por tus invitaciones a café, acompañadas de la famosa frase: “¡Pago yo, eh!”, sacando pecho.



Gracias por tus: “Yo no te voy a engañar, bonita. Tú tranquila. Lo que es, es”, con esa contundencia como si tratásemos un asunto de Estado.



¡Gracias por enseñarme tanto en tan poco!



Así fue cómo os conocí; así fue cómo entrasteis en mi vida y cómo, sutilmente, os ganasteis un hueco en mi corazón. Prometo que, aunque ya no puedo compartir momentos con vosotros, nunca dejareis de estar presentes en mi vida. ¡Por siempre!