¿Para una persona?
Óscar Santos Payán | El Gaviero

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¿Para una persona? Me preguntó la camarera casi susurrando. Me acompañó hasta una mesa en el ventanal desde donde podía verse una Iglesia pequeña y coqueta haciendo esquina entre dos calles. Faltaban cinco minutos para poder estar con ella a solas. Nos habíamos conocido dos meses antes y habíamos hablado todos los días por teléfono, contándonos qué hacíamos y quiénes éramos. Pedí un café con leche y bebí despacio para no mancharme la ropa o tirarlo por encima de la mesa. El reloj empezó a correr y el pánico se apoderó de mí llevándome a ese lugar oscuro lleno de preguntas ¿Habrá pasado algo? ¿Se habrá arrepentido? Rebusqué retazos de las conversaciones que habíamos mantenido a lo largo de los días pensando en algo que pudiera haberle molestado, un comentario o una palabra mal colocada en una frase insignificante. Habían pasado más de cuarenta minutos cuando la camarera sentó a una mujer en la mesa de al lado. Nos miramos un instante, volviendo cada uno a lo suyo ruborizados. Yo a juguetear con una servilleta que ya era un canutillo descolorido y ella a leer un libro. Mi cita no aparecía y pensé en llamarla al teléfono móvil sabiendo que sólo podrían pasar dos cosas, que no contestara o que estuviera apagado. Pedí otro café y miré de nuevo hacia la iglesia consciente de barrer con mis ojos el rostro de la mujer. Una mujer leyendo es como un desván de belleza, pensé. Me pareció elegante en sus gestos y comencé a imaginarme a la persona que estaba esperando. Al llegar la besaría despacio y le diría cuánto la había echado de menos. Llegó mi segundo café sacándome de aquella ensoñación absurda y sin querer tiré un azucarillo. Al incorporarme, después de recogerlo, una mano me ofreció mi propio abrigo. También se le ha caído el abrigo, me dijo la mujer sonriendo. Intenté ser amable e ingenioso a la vez, y sólo pude balbucear algo ininteligible acabando la frase repitiendo gracias tres o cuatro veces. De nada, dijo dejando el libro sobre la mesa. Quiero decirle que a veces tiro todo adrede para que alguien como usted se fije en mí. Es muy original, contestó ¿Viene mucho por aquí? Pregunté. De vez en cuando. Veo que le gusta leer mientras espera. Veo que le gusta observar mientras espera. Esperar es lo peor cuando sabes que nadie llegará. No sé, nunca he esperado a nadie, dijo segura de sí misma ¿Puedo invitarla a un café? Prometo no volver a tirar nada, por cierto ¿Se ha fijado que si le quita la ese al apellido del autor quedan las letras del nombre de este local? ¿Sería muy atrevido poder ver la frase de la solapa del libro? ¡Cuantas preguntas! dijo sonriendo. Se levantó, se sentó en mi mesa y leyó muy despacio: «No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar»