346. PAREJAS
Gloria Mª Bosch Maza | VIRGINIA WORD

El otro día, mientras estaba en mi cama a punto de dormirme, sorprendí a mi pie izquierdo acariciando a mi pie derecho. Éste llevaba unos días tristón porque sentía dolor alrededor del tobillo y en la fascia plantar. Temiendo que fuera un esguince le dije que lo llevaría al médico para que le echara un vistazo, mejor dicho que él, junto al pie derecho, me deberían llevar a mí al día siguiente a la consulta del traumatólogo. Está claro que por muchas órdenes que yo dé, si ellos no me hacen caso, no nos movemos de la cama o del sofá. Nos pusimos de acuerdo los tres y allí fuimos.
Nada más entrar en su despacho el doctor me indicó que me estirara en la camilla. Revisó mi pie derecho, lo movió de un lado a otro y curiosamente éste no se quejó. Tan solo un ligero espasmo cuando palpó un punto muy concreto. Lo más probable -dijo- es que sea una inflamación del tendón. Después me prescribió unas pruebas médicas para confirmar su diagnóstico y a casa.
Mi pie izquierdo, enternecido y preocupado por el dolor de su compañero, creyó que la mejor forma de darle ánimo era acariciarle mientras yo me quedaba dormida. Eso me hizo pensar que los pies y las manos son unos privilegiados porque pueden tocarse y darse caricias mientras que las parejas de ojos, riñones y orejas, por ejemplo, lo tienen muy complicado. Y es que Dios no nos ha hecho tan perfectos como él se cree aunque, pensándolo mejor, no es lo mismo que una mano o un pie se aproxime a su pareja por solidaridad que un ojo o una oreja se desplacen al lugar del otro. Esto no deja de ser injusto porque no todos los órganos y miembros del cuerpo humano gozan de la misma libertad. Lo políticamente correcto sería reivindicar igualdad de derechos para todos pero por estética no debería permitirse, en el caso de que el Altísimo decidiera corregir estas imperfecciones, es decir, fabricar ojos movibles o riñones saltarines, entre otros dúos. Y es que Dios hace lo que quiere y el hombre lo que puede. Así vamos.