1567. PARIR UN ENGAÑO
Mercè Sancamps | Mercè Sancamps

‘- Hoy empiezo mis vacaciones, no haré nada, sólo tumbarme al sol en el yate, me encanta el vaivén del mar, es tan relajante.- ¿Relajante? Esa palabra impacta en mi cerebro, no está en ninguna de mis neuronas, programadas para trabajar este verano. Trato de disimular mi envidia pero ya es tarde, mis ojos no parpadean, la miran fijamente hasta que huye de mí aterrorizada.
Bajo la persiana de la tienda, no más escaparates por hoy. Nunca me voy sola, una bolsa de tela repleta de piezas de mini-maniquíes y telas me acompaña siempre, sin ella siento un vacío, como si me faltara una parte del cuerpo, me aporta seguridad…y hernias, y agotamiento.
Entro en el metro para volver a casa. Parece el infierno, y no porque haya ningún satanás buenorro que me invite a orgías. No va el aire, y la multitud es tal que no es posible abanicarse sin herir al de al lado. Alcanzo mi infusión detox para recuperar líquidos pero el verde lima se ha convertido en un verde moho.
Daría lo que fuera por sentarme. En aquel momento entra alguien con una muleta y le ceden un asiento. Me alejo y cuando encuentro caras nuevas empiezo a cojear, unos se centran en sus móviles, otros se hacen los dormidos, no soy la única que tiene una estrategia. Mi torpeza me hace caer sobre un hombre, quien me sonríe guiñando el ojo. Me aparto en el acto, el pervertido ha confundido mis movimientos de cadera, la cojera ha resaltado mi feminidad. Esta palabra me abre una nueva posibilidad, lo tengo todo a favor: vestido vaporoso, bolsa como relleno y unos pies hinchados como botas. Desesperada me fabrico una barriga pre-mamá, de la de mellizos, comienzo a caminar y en seguida se produce la magia: ¡un asiento para mí!
Por fin un descanso, me relajo como aquella en su yate, me imagino que el vaivén del metro son las olas del mar, incluso puedo llegar a sentir la humedad del agua pero un fuerte grito me despierta: -¡Ha roto aguas, son verdes, no hay tiempo!- Abro los ojos y en efecto, un charco de líquido emana de la entrepierna y mancha el suelo. Todo el mundo me mira, la señora no calla, un señor se acerca a mí decidido a palparme, me levanto gritando que me dejen, con una mano sujeto la bolsa que no para de gotear y con la otra aparto a quienes me ofrecen ayuda. Algo se desprende de la falsa barriga, abro mis piernas para evitar que se me resbale todo, dejando ver a trasluz de mi vestido un piececito colgando, algo que no pasa desapercibido a la gritona y chilla a viva voz: – ¡El bebé está aquí, ya está saliendo y va de nalgas!- El señor vuelve hacia mí asegurándome ser médico, consigo meterme el pie colgante dentro de nuevo, causando un impacto brutal, hasta que el metro abre sus puertas y escapo corriendo desprendiendo de mí el engaño.