Partículas elementales
Iván Velasco Antuña | Stefano Calmi

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Rosario tiró a la basura la lata manchada de sangre. Mejillones extragrandes. 6-8 piezas. En otro momento los hubiese disfrutado sentada en la cocina con un vaso de vermut y unas buenas patatas fritas. No en vano, ese era el plan que tenía previsto para el sábado. Nada especial. Un aperitivo, un poco de alcohol y mucho blablabla.

Las primeras citas deben ser así, sin grandes artificios que luego se piensan lo que no es, pensaba.

Además, él no era un desconocido. Habían trabajado juntos en el restaurante más de moda de la ciudad. Años duros. En ese tiempo pasaban tantas horas entre los fogones que compartieron muchas confidencias sobre su matrimonio y las amantes de él.

Incluso cuando ella se fue como ayudante de cocina a un estrella Michelin continuaron mandándose Whatsapps para mantenerse al día de sus «miserias», como decía él.

Ponerle una etiqueta a esa relación resultaba complicado. Se atraían, pero sus vidas transcurrían en paralelo. Sin urgencias, como si tuviesen la certeza de que el destino estaba de su parte.

Sus amigas no lo entendían. «No nos creemos que todavía no te lo hayas follado» coreaban, como un grupo de hooligans borrachos, cada vez que les hablaba de él. Y no, no lo había hecho. Lo cierto es que el trabajo, y su matrimonio le dejaban poco tiempo para otra cosa.

No fue hasta que C se largó de casa con los papeles del divorcio firmados bajo el brazo cuando se planteó cambiar de rumbo. Entonces, los ojos no se le hicieron pequeños para llorar. Al contrario, abrió una botella de vino blanco peleón, cogió el teléfono y MAGIA.

– te apetece quedar?

– una cita?

– Yes, nuestra primera cita

Había sido tan solo hace un par de días. Ahora se estremecía al recordarlo. «NUESTRA PRIMERA CITA».

Cerró los ojos y respiró 4-7-8 intentando olvidar todo lo que vino después. Abandonó en 6. La secuencia de imágenes que se agolpaban en su cabeza no tenían permiso de DELETE; el sol colándose por la ventana de la cocina; él apoyado en la pared; los hielos girando en un vaso de vermut; «¿por qué estoy tan nerviosa?»; chof; el aro de una lata de conservas atascada en su dedo índice, como un grillete de hojalata; mejillones extragrandes; 6-8 piezas; una garra apretándole el cuello, otra, levantándole el vestido al mismo tiempo que le rompe las bragas; “¿qué está ocurriendo?”; “calla zorra”; su rostro aplastado contra la encimera; «Rosario no pienses»; grasas 19,1g, hidratos de carbono 3,4g, proteínas 13,5g; sal 1,43g; él tirado en el suelo en una diagonal perfecta; un charco de sangre y aceite con forma pájaro; en su dedo, la marca de la tapa con la que acaba de degollarlo.

Rosario cerró la bolsa de la basura y esperó. Hasta que alguien la sacase de ahí, su vida quedaba suspendida en el vacío, como partículas elementales que toman formas caprichosas; de víctimas, de verdugos o de monstruos que sabes que volverán una y otra vez.