PASADO PERPETUO
Leyre Montañés Bericat | elebé

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Ahí estaba ella, otro domingo más tirada en el sofá, con los ojos cerrados, concentrada en la habilidad que había desarrollado a lo largo de los años. Una habilidad, que se convirtió en su propia cárcel.



Era capaz de cerrar los ojos y reproducir en su cabeza un momento concreto de su vida como si de un vídeo se tratase, sin necesidad de estar en cuerpo presente. Se trataba de una destreza que siempre tuvo y que fue perfeccionando con el tiempo. Al principio, solo veía y oía. Poco a poco, fue capaz de sumar todos los sentidos y sensaciones inherentes que ese momento le regaló. Sus padres, preocupados, preguntaban qué pasaba por su mente durante esos segundos en los que permanecía en trance. Ella describía lo que veía, obviando lo extraordinario que era. Nunca entendió por qué no conoció a una sola persona que pudiera experimentar lo mismo que ella, así que optó por ocultarlo y reservar esos momentos a ratos concretos. Tenía el poder de soñar despierta a su antojo, arrebatándole a su cerebro la capacidad de decisión.



Cuando empezó a descubrir la maravilla de esa regresión, no dejaba de volver a sus momentos preferidos con las sensaciones que le hacía sentir: la magia que envolvía esas navidades inocentes de niña; la sensación de libertad en su primer viaje con amigos, el vértigo apabullante con su primer amor, la excitación en el concierto de su grupo favorito, o la euforia tras ganar un campeonato en su deporte favorito junto con sus compañeras. Tenía a su alcance una barra libre de experiencias vividas, esperando en la barra a ser escogidas y reproducirse a su merced. Todas las elegidas, aunque diferentes, le proporcionaban una sensación agradable. Poco a poco, se convirtió en una droga exclusiva que no pudo dejar de consumir, adicta a la segregación de dopamina que sus evocaciones favoritas le suministraban.



Todo cambió cuando, por primera vez en su vida, perdió a una persona protagonista de muchas de sus experiencias favoritas. El recuerdo intacto con ella de una excursión en la montaña un día precioso de primavera nacía entonces desde la más profunda nostalgia y tristeza. Como si de un casete antiguo se tratase, empezó a desgastar la cinta del recuerdo, y este empezó a acompañarse de pensamientos volátiles nuevos y erróneos. Se aferró tanto a él para no dejar ir a esa persona, que se olvidó del presente.



Fue entonces cuando, consciente que se había sumergido en un estado de evasión de la realidad, se obligó a renunciar a su poder y secreto. Tuvo que dejar que el dolor natural que acontecía le atravesara igual que la felicidad a la que se había acostumbrado, para poder avanzar. Desde entonces, se preguntaba si otras personas fueron maldecidas y bendecidas como ella. Si algunas de ellas fueron personas ilustres de la historia, cuyas trayectorias se torcieron por abusar de su capacidad, desembocando en finales fatales.