56. PEDOS
Ana Corrales Heras | Anabece88

Ellos habitan en lo más profundo de nuestro ser. Son pequeños seres animados que aguardan en lo más profundo de tu vergüenza. ¿Quiénes pueden ser si no? Pues los pedos. Ellos viven por y para nosotros. Una vez liberado un pedo no hay perfume que pueda disimular la presencia de éste en la vida social.
Porque, ¿quién no se ha tirado un pedo en público alguna vez? Imaginemos un supuesto: tirarse un pedo en una biblioteca, ¿os ha ocurrido? Es en esos instantes cuando toda tu dignidad comienza a difuminarse junto con el aroma que desprende dicho pedo. En tu fuero interno no para de resonar una y otra vez: «¡Vete, deja lo que estás haciendo!, ¡Afronta tus actos con valentía!, ¡Escóndete donde nadie pueda encontrarte!» Estas vocecillas van y vienen intensamente. Pero ya es tarde. A partir de entonces ya no puedes hacer nada; es ahí cuando te dices: «¡Dios padre, ¿por qué me has abandonado?!» Todas las sospechas se ciernen sobre tu persona. Una táctica que puede funcionar es la siguiente; justo después de tirarte ese pedo, abrir un libro y pasar sus páginas rápidamente, dejando que el olorcillo a fétido se entremezcle con el olor de las hojas del libro. Quizás penséis que afrontar la situación de esta manera sea inmaduro, pero lo cierto es que es mejor enfrentarse a las cosas tal y como vienen; negándolas. Ésta es otra habilidad muy común en la mayoría de los mortales. Con relación a esto he elaborado mi propia teoría. Las personas que tienden a negar sus pedos suelen ser los pedorros más profesionales. Ante la evidencia, se arman de una retórica elaborada y perfectamente estudiada para que sus intenciones más ocultas permanezcan camufladas. Poseen un gran poder de convicción sobre el oyente.

– Por aquí huele un tanto raro, ¿no te habrás tirado un pedo?- le dices al presunto implicado.
Entonces ella o él, con cara de indignación, contesta:

– ¡Por favor!, ¿tirarme un pedo yo? A ver si te lo has tirado tú y no lo quieres reconocer…

A partir de ahí se inicia un debate sobre la autoría de dicho pedo.

A todo esto, la gente que está en la biblioteca es invadida por esa fragancia que proviene de tu zona. Es inconfundible, por mucho que el sujeto se empeñe en negarlo todo apunta que ha sido él. Los síntomas adversos le delatan: cara enrojecida, voz temblorosa, lejanía en la comunicación con su interlocutor…

Finalmente es tan grande la presión psicológica a la que se ve sometida la pedorra o el pedorro que acaba confesando su «delito gaseoso».

Pero, ¿quién no se ha tirado un pedo en algún contexto embarazoso?, ¿quién no ha sido testigo ocular del pedo del mismo?

Porque en pleno siglo XXI, donde la igualdad entres mujeres y hombres pretende ser alcanzada, ¿por qué no apostar por una sociedad plural en la que perros, gatos, pedos y de más seres de la naturaleza, tengan su papel dentro del contexto intercultural en el que vivimos?