Pequeña muestra de lo que implica la corporalidad en el amor
Joan Zamora Cobos | La Retama

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Dos amantes desconocidos, románticos comprometidos, acabaron la misma noche con su vida, teniéndose mutuamente en la cabeza. Eran amantes callejeros, entre los cuales palabra alguna había intercedido, mas, entre miradas de soslayo, ayes cabizbajos, paseos coincidentes sin motivo, un amor profundísimo habían compartido. Ninguno, por su dicha desdichada, estaba seguro de que el otro consintiera todas esas piruetas que los acercaban; esas tan variopintas casualidades que los habían llevado a encontrarse. Claro está, que de casual poco tenían.

Entrambos, en broncíneo denuedo, se daban a la pasajera estabilidad de lo desconocido. Sin embargo, el cielo entristecido los miraba, atormentado por lo que pudiera suceder. Que él, de amores imposibles miles había llegado a conocer. Y es que, como no podía ser de otro modo, su amor correspondido y no correspondido al mismo tiempo dio lugar a una paradoja, de esas que no se resuelven con el viento, que no deshace la suerte, que embadurnan el vello interno de congoja. El Céfiro a bramar empezó, intranquilo, trayendo consigo noches enteras en vilo. El hollejo del atardecer había predicho su destino. Resulta que los amantes se decidieron, et pour cause, antes que a confesar su amor, a confesarse a la muerte.

Revólver en mano, los amantes, a medianoche, a caballo entre lo finito y lo infinito, lo conocido y lo desconocido, la palabra y el silencio, apoyaron el gélido metal sobre sus bozos, luego sobre las cejas, ¡Cuánta pasión dedicada a la báquica soledad! luego sobre las sienes. Los ojos cerrados a la par. Miedo. Esa danza macabra terminaría al disparar…



Dispararon.



[…] Disparada, una carroza de rosas inmarcesibles, doradas como las nubes y albarizas como la sangre, traquetea por de lo veloz que va, levantando una hedionda polvareda. Dos pegasos mecanizados son espoleados por haces de lluvia celestes. Dos amantes desmaquillados, sin cabeza y bien atados, dentro del carro siéntanse enfrentados. Se miran, y no se ven. Se hablan, pero no se escuchan. Se tocan, y eso sí que lo sienten, porque el cuerpo lo es todo, una vez se ha muerto. Pero, como en vida no llegaron, siquiera, a rozar sus pieles, a morder sus dientes, a husmear entre sus huesos, esa carne aún caliente que acarician podría ser la de cualquiera. No se reconocen, los amantes. ¡Si en el limbo la mano por un segundo sólo Dios meter pudiera! Sólo con eso, serían los dos pobres desconocidos conocedores al fin; y tener una primera velada bajo la orla de la eternidad. Aunque, a decir verdad, conocerse en el áureo cielo, integrarse en el más canicular de los infiernos, entregarse al velo o a la desdicha del silencio sempiterno, todo es igual.

Esta realidad que conocemos, por muy limitada que sea, por muy árduo que parezca soportarla, es la que nos da paso al mundo y la que nos permite jugar con la palabra, escritores todos de nuestras tristes vidas, amanuenses del interno sentir… Es la que permite que vivamos tranquilos. Porque nada hay, más que eterna finitud.