Perdido
Pablo Hayek Alfonso | Orsonio Pérez

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No importa cuanto se oiga en cuentos, novelas o películas, el dolor de la pérdida solo se hace tangible cuando este nos golpea de primera mano, siempre cuando menos lo esperamos. Así fue mi primer encuentro con la muerte: inesperado. Mi padre abrió la puerta de mi cuarto seguido de mi hermano y, tras encender la luz, me informó del fallecimiento de mi abuela materna. Yo, aún con mi cuerpo en proceso de iniciación, tarde unos segundos en asimilar aquella información. En lo primero que pensé fue en mi madre, en como habría sido su reacción. La abuela ya era mayor, además de ser una de esas señoras que no mostraban reparo a la hora de manifestar su deseo de fenecer de una vez por todas. Ella ya sabía que su tiempo había pasado, lo que me generaba una destructora pena al ponerme en sus zapatos e imaginar la impresión de intrascendencia que sus actos podían alcanzar.

Pero, más que su ausencia, aquello que más huella dejó en mí fue la realización genuina de que el tiempo comenzaba a pasar. La desesperanza que otorga el digerir que, lo verdaderamente aterrador del paso del tiempo no se encuentra en la muerte propia, sino en la de todos aquellos que te rodean.

Ese mismo día, comíamos en la mesa y hablábamos de como esta era, para mi hermano y para mí, la primera vez que algún familiar cercano fallecía. Mi madre respondió que ella también había sido afortunada en ese aspecto, puesto que más allá de su abuela materna, pocas habían sido las veces que la pérdida había irrumpido en su vida hasta el momento. Un breve silencio precedió a unas palabras de mi progenitor: “Yo perdí a mi padre con 20 años. En ese momento, creí que el mundo se venía abajo”. Mi padre decía esto con la serenidad y la templanza que confieren los años. Posteriormente, relató una anécdota que el tenía con su padre. Creo que fue la simpleza y honestidad de la historia lo que casi me quiebra por completo. ¿Cómo algo tan injusto puede suceder? La angustia me asaltaba mientras luchaba por no derrumbarme, pero mantuve la compostura y terminé mi comida. Tras ello, fui a mi cuarto y empapé mi cama con un mar de lágrimas.