Perdidos en martes
Berta Burguete Ors | Lucrecia

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Nuestra primera cita fue accidental: éramos simples vecinos de mesa; los dos habíamos pedido espagueti boloñés y los dos sorbimos al mismo tiempo lo que parecía un tallarín infinito. Nos quedamos parados, espagueti en boca, nos miramos con el rabillo del ojo y nuestras carcajadas se sincronizaron de tal forma que las ondas sonoras se hicieron visibles en forma de rizos de humo que llenaron el restaurante. En los años ochenta se podía fumar en los locales, de modo que nadie protestó y nosotros no tuvimos más remedio que enamorarnos. Así, sin más.

Se mudó a mi mesa. Sorbimos el resto de los espaguetis, reímos hasta llorar, bebimos dos botellas de vino, y escribimos en una servilleta de papel una carta a la NASA en la que pedíamos plaza en la primera expedición tripulada a Marte.

Al salir a la calle, nos llevaba una energía sobrenatural: ignoramos el cartel de prohibido y subimos a la colina más alta de la ciudad para inventarnos desde allí las vidas de los habitantes de las ventanas encendidas.

Al despedirnos me dijo ―Te cambio una nota, para la próxima cita. ¿Tienes un papel?

Saqué mi cuaderno del bolso, arranqué un par de hojas y le extendí la suya.

Él escribió algo, lo dobló cuatro veces y me lo puso en la mano. Yo hice lo propio y acepté el reto tácito de no abrir la nota hasta nuestro siguiente encuentro. Al llegar a casa la guardé en la caja de madera de mis tesoros.

En los días que siguieron no hice nada que no llevara adherido el deseo ferviente de que mi teléfono sonara, o de encontrar su mensaje en mi contestador, pero pasaron las semanas y no hubo ni llamada ni invitación. No hasta que abrí la caja y desdoblé la nota que decía:

“El martes a las nueve aquí. Llámame si no puedes venir.”

Entonces me lo imaginé en la colina mirando a mi ventana imaginada e inventando la razón por la que no acudí a su convocatoria. Ojalá hubiera tenido su número: le habría llamado de inmediato y me hubiera excusado por mis torpes e imaginativas dotes de interpretación de mensajes. El corazón que pinté en la nota que le di se arrugó como un papel quemado, pero con el talante que tengo, decidí subirme todos los martes a la colina. Un día encontré un papel pegado al banco en que nos sentamos aquella noche:

“Envié la carta a la NASA, me faltan tus apellidos, pero si te apetece que seamos los primeros novios de Marte, llámame al 555345168.”

Y aquí estoy, en la nave espacial, de camino a nuestra primera cita extraterrestre. Qué nervios.