918. PERFECCIÓN
Ángel Revuelta Pérez | Lucerna

Sus manos le recorrieron la espalda, desnuda por la amplia abertura del top negro adornado con brillantes lentejuelas. Dibujaron las formas de sus omóplatos antes de descender por la suave hendidura de la columna vertebral. Tras acariciar sus caderas, ascendieron de nuevo por el plano abdomen hasta alcanzar sus senos. Los apretó con suavidad; de manera casi inconsciente intentó calibrar si eran auténticos o su volumen respondía a algún implante, pero el relleno del sujetador –uno de esos de cruzado posterior bajo, que permite invisibilizarlos en los escotes de espalda– complicaba la comprobación empírica. «Habrá que esperar a tenerlos desnudos».
Sus caricias lograron que ella redoblara sus esfuerzos por explorarle el interior de la boca con su lengua. La verdad es que había perdido la cuenta del tiempo que llevaban morreándose, desde el primer beso tras la segunda copa. La suave música envolvente de ecos jazzísticos, la tenue iluminación, las voces de la singular clientela que conversaba y reía en la barra y en las mesas, o que bailaba frente a la orquesta: hombres con hombres, mujeres con mujeres, mujeres que no eran mujeres… todo ello era poco más que un lejano espejismo que palidecía frente al cálido y palpitante cuerpo que latía bajo sus manos.
Una de estas se posó, osada, sobre el muslo firme y torneado, de suave piel envuelta en la ligera pero algo áspera lycra de la media. Los dedos siguieron su curva interior hasta alcanzar el borde de la minifalda. Antes de que pudieran sumergirse en la sombra de la entrepierna ella posó su mano sobre la muñeca de él.
–Hay algo que debo confesarte…
–¿Sí?
Introdujo él, pese a todo, su mano bajo la tela, pero se detuvo de súbito tras lo que allí encontró… o no encontró, más bien.
–Yo… en realidad soy una mujer.
–Bueno –contestó él con una sonrisa, tras mirarla unos segundos a los ojos–. Nadie es perfecto.