82. PERFECTA
MARÍA PURA GÓMEZ MATILLA | PURA GÓMEZ

No soy perfecta. Ya está, lo he asumido. Años queriendo serlo, pero chica, imposible. ¿Cuándo empezó todo? Allá por 1995. La sociedad – mis padres en su representación – ponían demasiadas expectativas en mi persona. Ellos eran perfectos, qué iba a saber yo. Entonces, comenzó la presión. Saca buenas notas, no rechistes, cómete las verduras. Empecé a ser una niña ejemplar sin apenas darme cuenta. Pon la otra mejilla, las señoritas no dicen tacos, porque lo digo yo y punto. Eran frases que había interiorizado tan profundamente en mi cerebro, que ni se me pasaba por la cabeza cuestionar nada. La inercia movía mi vida. Eso era así, aunque no aprendí esa palabra hasta unos años más tarde. Pero no contemplaba otra posibilidad, era así porque lo decían ellos, y punto.

En el colegio me hicieron bullying, aunque esa palabra tampoco la aprendí hasta años más tarde. Desde el parvulario, siempre hubo un abusón en mi vida. En ese momento era un niño caprichoso que nos pegaba puñetazos en el estómago, de esos que hacen que se te corte la respiración. Lo normal, ¿no? Después vinieron los preadolescentes descarrilados con poca personalidad que solo trataban de encajar. No los justifico, Dios me libre. Pero eso era así. Creo que una vez participé en una pelea, cansada de poner la otra mejilla, pero no lo recuerdo bien. Supongo que mi memoria lo habrá borrado. En fin, era la hija perfecta, con o sin pelea. Sacaba todo “dieces” en el colegio, aprendía cualquier extraescolar con la facilidad de un ingeniero pero en pequeñito. Decía gracias y por favor sin que un adulto me lo recordara. Y por supuesto, siempre fui la preferida de mi abuela. No discutía, no daba problemas. Solo me faltaban tres o cuatro pajarillos revoloteando a mi alrededor mientras cantaba cual princesa Disney. Esa era mi vida, hasta que llegó el día que destrozó mis pilares.

No fui capaz de asimilarlo, pero todo aquello en lo que había creído, todo en lo que me había esforzado, se desmoronaba por momentos. El efecto 2000 había pegado de lleno en mi vida, pero no a nivel informático. Todo ocurrió un día normal de colegio, cuando una mañana vinieron unos señores de blanco a clase cargados con unas garrafas rosas que parecían muy pesadas: nos iban a hacer una revisión bucodental, nunca lo olvidaré. Ni la palabra, que fue la primera vez que la escuché. No me juzguen. ¿Y qué ocurrió? La desdicha. La vergüenza. La humillación. Ahí estaba ella, sigilosa pero insolente, esperando a ser descubierta. No me lo podía creer: una caries. Tenía una caries. Yo, que perfectamente me lavaba los dientes después de cada comida. Yo, que no tomaba chuches. Yo, que era perfecta. Exacto: era. Y la era de la perfección había llegado a su fin: a partir de ahí, solo vendría la decadencia.