1558. PERO GANAMOS LA GUERRA
Jesús Urquiza López | J. Urquiza

‘- ¡Corre vamos, no te detengas! – otra bomba de detonación instantánea caía a escasos metros de su posición.
– ¡Vas a hacer que nos maten, demonios! Déjale, no ves que no tiene ya ni piernas, qué más esperas de él, qué más quieres que ofrezca.
Estas palabras resonaban en mi cabeza una y otra vez cada noche desde que volví a casa, hace ya más de dos años. Desde entonces el mundo se me había hecho más pequeño, ya no me importaba el partido de los domingos, ni me importaba encontrarme a esa repartidora de periódicos tan guapa que hacía detener el tiempo cuando manteníamos escasos segundos la mirada.
Mi padre ya no me miraba con orgullo. Es más, ya ni siquiera se dignaba a dirigirme una de esas miradas de lástima que tanto he luchado por evitar. No, ya no. Olvido, pesar y resignación eran los únicos sentimientos que emanaban sin receso alguno de sus aciagos ojos.
La comida tampoco me sabía como antes, es verdad que por la guerra ya no llegaba la misma cantidad que antes, y la calidad de los alimentos no tenía nada que ver.
Los amigos habían dejado de llamar, ya no había esas partidas de póker en casa de Andrew Sterling que duraban hasta que su madre nos echaba de la buhardilla. Siempre pensé que esos tiempos llegarían a su fin, pero por motivos ajenos a los actuales, echarse novia, encontrar trabajo en la capital, esas cosas que todos dábamos por sentado y que nunca llegaron a nuestro encuentro. Fueron muchos los que conocía que nunca volverán de esos campos, esas praderas negras antes cubiertas por trigo francés.
A veces me duele la cadera, o no siento los pies. Puede que sea el maldito frío que hace en este país cada invierno, o puede que sea que ya no puedo salir a por la suficiente madera para calentarnos a todos como antes.
Mi padre sigue pasando de largo, soy invisible para él. Parece que le dé igual que hayamos ganado la guerra.
Cuando cierro los ojos se repite mi último día en los campos de Francia, mis dos compañeros de guardia huyendo de las bombas a campo abierto, pero ambos volvieron en mi busca porque, iluso de mí, pensaba que aquella vieja casa de piedra iba a aguantar las explosiones de los morteros.
– ¡Corre vamos, no te detengas! – decía uno.
– ¡Vas a hacer que nos maten, demonios! Déjale, no ves que no tiene ya ni piernas, qué más esperas de él, qué más quieres que ofrezca – decía el otro.
Mi padre sigue pasando de largo, soy invisible para él. Parece que le dé igual que hayamos ganado la guerra.