Pescando en Tinder
Irene Hernández Borras | Irene Hebo

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Dirán lo que quieran de Tinder, pero yo estaba cansada de que me dijeran que “hay más peces en el mar”. La aplicación me puso el mismísimo océano atlántico al alcance del dedo, y yo, ya cansada de pescar en la charca del parque, decidí cambiar la caña por la red.



No lo negaré, da trabajo. Cuando recoges la red, te encuentras con muchas cosas, desde pulpos, estrellas de mar y pezqueñines. Es una de las cosas mágicas de este moverte por este lugar, llegas a descubrir la fauna que existe.

Pero sucedió. Revisando la red, de izquierda a derecha, salió un salmón salvaje de Alaska, el que suele ser el más caro del menú. Y, de derecha a izquierda, el salmón saltó de la red al plato. ¿Sabes esa foto que se sacan los pescadores, agarrando al pez por la cola, alardeando del botín? Ahora, entiendo por qué.



Te presento al salmón. Se llama Roberto, treinta y cuatro años, metro ochenta y cinco, moreno de ojos verdes, con barba tupida y pelazo. Ingeniero de profesión, de la misma ciudad que yo y como colofón, su foto Tinder es con un cachorro de pastor alemán. Después de hacer match con un tío así, yo también quiero una foto con tremenda pesca.



Roberto y yo nos pasamos semanas chateando. Listo y con sentido del humor, compartía muchos de mis valores, y que sí, que estaba como un tren. Ambos vimos que había mucha química entre nosotros, así que finalmente quedamos para cenar.



Cenamos, charlamos, nos reímos… La velada parecía salida de un libro de Federico Moccia. Bueno, más bien Etílico Moccia… Porque las copas de vino volaban un tras otra. Ya habíamos pedido los postres y estábamos en el punto álgido de la noche, pero yo temía que la bajona del alcohol arruinarse la fiesta. No me iba a arriesgar a que el salmón saltase al agua de nuevo. Por lo que le propuse pedir el postre para llevar y tomarlo en mi casa. Sonriente, aceptó.



Llegamos al apartamento, y le dije que se pusiera cómodo en el sofá mientras sacaba platos y cubiertos para los postres. Probablemente, tardé dos minutos y medio, como mucho. Imagínate mi sorpresa, cuando vuelvo al comedor y me lo encuentro durmiendo, con la boca abierta, totalmente vencido por el vino.



Todavía lo tenía mordiendo el anzuelo, bueno más bien babeando el cojín, así que pensé en dejarlo descansar y quizás se recuperaría para desayunar. Salmón y huevos benedict. ¿A quién no le convence ese brunch?



Cuando desperté, estaba sola en el apartamento. En mi móvil, un mensaje: “Tenía que irme, pero dormías tan a gusto, que no he querido despertarte. Recuerdo la noche algo borrosa, repetimos pronto y me la recuerdas” seguida de un emoticono de un guiño. Al final ni foto, ni salmón, ni nada… No ha picado la lombriz. Viendo cómo está el océano, mejor tiro de agenda y me descongelo una merluza.