¿PIDO POR TI?
Santiago Pumarola | DIVERTIMENTO

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Desde el primer instante no paró de hablar. Yo tan solo miraba sus ojazos marrones, mientras imaginaba tooodo lo que tenía planeado para aquella noche.

Sentados en aquel restaurante de moda, hasta dejé que pidiera por mí. ¿Por qué no? ¡Por fin había accedido a salir conmigo! Cuando un hombre tiene su objetivo tan claro, está dispuesto a cualquier cosa, así somos. Embestimos sin pensar.

Y todo iba muy bien hasta que trajeron mis ñoquis cuatro quesos con salsa de trufas. Soy intolerante a la lactosa y alérgico a los quesos.

Aún sabiendo que me traicionaba a mi mismo, les metí un primer bocado. Confieso que no me desagradaron, por lo que me envalentoné y fui a por el segundo. El repentino vacío en mi estomago y el sonoro estruendo en su interior, que confié haber escuchado únicamente yo, marcaron el resto de aquella noche.

Con mucha fe, rogué al altísimo que aquello no se repitiera. No me escuchó. Un nuevo alarido interno aún mayor, volvió a repetirse. Impresionado, tuve la sensación de que ya no solo ella, sino todo el restaurante habría escuchado ese grito interno.

De pronto comencé a sudar frio. Y sin darle explicaciones me levanté urgido, mientras ella ya comentaba los postres. Mi segunda plegaria fue para que el baño estuviera libre. Volvieron a fallar.

Privado de la inmediatez para usar el servicio, salí raudo del restaurante. Subí a mi coche y me encaminé a toda velocidad hacia mi casa, el único lugar seguro para echar lo que estaba por venir.

Para hacer el trayecto algo llevadero, contorsioné como faquir, apretándome para aliviar mi vientre, que centrifugaba cómo lavadora antigua, mientras encontraba todos los semáforos en rojo.

Sin poder contener la salida de un primer chorrillo, caliente y fétido, me vi obligado a abrir todas las ventanas para mitigar el terrible hedor.

Aparqué en doble fila y corrí hacia mi portal. Para mí desdicha, tres vecinos esperaban por el ascensor, cuya carga máxima es de tres. En cuanto cerró puertas sin mi, emprendí la marcha hasta mi quinto piso, conteniendo esfínter, recto y lagrimas por mí aprensión.

Llegado a mi planta, corrí como un poseso hasta mi puerta, la del final del pasillo, mientras continuaba temblando entre más escalofríos y terribles retorcijones.

Las llaves se me cayeron y en cuanto me agaché para recogerlas, sentí un torrente interior que salía de mi entraña sin que pudiera hacer nada por evitarlo, llevándose por medio y sin piedad, calzoncillos, pantalón, cartera, una parte de mi chaqueta y una esquina del móvil.

Abierta la puerta y corrí hacia mi baño, despojándome de todo en el trayecto, mientras aquello, fluía sin tregua ni misericordia.

Ya vacío y aliviado, sentí como iba recuperando mi espíritu, mientras olía y contemplaba mi ropa impregnada, que junto al rastro dejado, era muda testigo y coprotagonista de aquella primera cita de mierda.

El sonido de un Whatsapp me hizo mirar el móvil: Dónde estás? Que acaban de traer la cuenta……