55. PIERNAS LLOROSAS
Ángel Martín Sancho | FANTASMA 2

DE SUS PIERNAS LLOVÍAN LÁGRIMAS DE ROCA FUNDIDA, a veces rojas, a veces llenas de espuma blanca de perro rabioso. Las lágrimas eran la marca del esclavo, la señal de una vida usando las piernas para mantenerse erguida mientras la tormenta lo inundaba todo con su furia egoísta y la riada arrastraba los cadáveres que, con sus manos huesudas, se agarraban a sus gemelos y la desgarraban al tirar de ella, querían arrastrarla al fondo.
Cuando era pequeño ella se curaba las heridas sola sentada en el váter mientras yo jugaba a sus pies. Me miraba sonriendo, mostrando esos dientes blancos y separados como un techo de estalactitas, sonreía a pesar del fuego. Al pasar el algodón para secar esas lágrimas volcánicas, que marcaban la longitud de sus piernas, se mordía el labio inferior: el tacto del algodón se volvía afilado, una bola de cristales húmedos que penetra y desgarra. Salir fuera es peligroso, quédate en casa conmigo, yo puedo protegerte mamá, le repetía una y otra vez, pero no había nada que hacer, salir es una necesidad vital, me respondía con una sonrisa, porque si no sales a la tormenta no tienes de qué vivir. La miraba desde la ventana, miraba sus piernas y admiraba su determinación por seguir erguidas. Las miraba hasta que desaparecían a lo lejos y no dejaba de llorar hasta que volvían a casa.
Al crecer uno entiende la importancia de la sangre, por eso dejé de jugar a sus pies y me dediqué a secarle las piernas, que empezaban a estar hinchadas, y a mitigar su dolor como podía. Le costaba andar, veía la duda en sus piernas y el miedo de que se derrumbasen por el camino crecía en mi interior como un veneno en ebullición. Una tarde volvió a casa cojeando, la pierna izquierda no le respondía: la tenía hinchada y las venas habían adoptado un color de caldo verdoso. ¿Por qué haces esto? No lo entiendo, te estás matando, le dije mientras cuidaba de sus piernas que no dejaban de llorar por más que las limpiaba. Porque si dejo de hacerlo perderemos la casa, no tendremos qué llevarnos a la boca y moriremos en la riada. Pero si sigues así acabarás desangrada o aún peor, ahogada. Mi madre se limitó a mirarme y con una voz muy serena dijo: vivir tiene un precio y ese precio es la sangre de nuestras piernas.