1422. PÍO PÍO
MIGUEL BUENO LÓPEZ | Mario Andreu

Eran las tres de la tarde. Hora tonta en cualquier oficina, y más en una productora de televisión. Solo pringábamos Rober y yo, becarios ambos, cuando nuestro trabajo se vio interrumpido de repente por un tímido: “pío, pío”.
Rober y yo nos miramos ¿Un pájaro? “Suena en el perchero”, dijo él. Nos acercamos, con cierta prudencia, y, revolviendo entre los abrigos, nos sorprendió una voz: “Chicos, ¿habéis visto mi móvil?”. Era Ari, nuestra “jefa” que apenas llevaba seis meses más que nosotros allí metida. Ante la pregunta obvia de qué hacíamos revolviendo abrigos, el propio pájaro respondió: “pío, pío”. ¡Hostia un pájaro! Y, tras afinar el oído, apuntó con certeza que no estaba en el perchero, sino que sonaba más arriba… ¡En el falso techo!
Ari salió apresurada a buscar ayuda. Mientras, Rober, subido a un escritorio, levantaba los paneles que le indicaba yo desde abajo. Pero era indudable que el pájaro se movía de lado a lado, y así no lo íbamos a atrapar nunca.
Afortunadamente la ayuda llegó pronto, encarnada en Juan y Juana, los dos guionistas de un exitoso thriller. Pronto tres estábamos subidos en las mesas, jugándonos la vida (que es verdad que la de un becario vale poco, pero Juan tenía que terminar su thriller o varios millones de espectadores se quedarían sin saber quién era el asesino), levantando paneles a las órdenes de Ari y Juana… Y luego a las órdenes de Ari, Juana, Pedro, Mario, Gema, Toñi, etc. En pocos minutos nuestro despachito parecía el camarote de los hermanos Marx.
El revuelo se cortó tras un estridente chillido. Un pisotón desafortunado casi cercena los dedos de Carmen, que estaba escondida bajo una mesa. A gritos Carmen pidió que la dejáramos en paz en su refugio. Sirva de contexto que Carmen es la persona más valiente que conozco, capaz de defecar a sus cincuenta años entre dos contenedores en una noche de fiesta sin miedo a cámaras indiscretas, una heroína. Y ese era su talón de Aquiles, era ornitófoba. Para cortar su sufrimiento, organizamos una misión de rescate, y envuelta en abrigos se la acompañó fuera.
A esas alturas el techo estaba levantado casi entero y nadie había visto todavía ni una sola pluma del animal. Y Chana fue la primera en vislumbrar lo que ocurría: “¡¡Apagad el aire!!”. Chana, tan ecologista que ha renunciado al suavizante de ropa, estaba aterrada por si el pajarillo estaba atrapado en el ventilador del aire acondicionado e hizo que la auparan para rescatar ella misma al animalito. No era tarea fácil, pero ninguno teníamos los cojones para contradecirla, y nos dispusimos a organizar un castells.
A todo esto, Ari, nuestra “jefa”, recordó que ella había llegado al despacho buscando su móvil, y retomó la tarea en mitad del caos. Lo consiguió, y soltó una carcajada que nadie escuchó… Aunque todos nos dimos cuenta de que el “pío, pío” era mucho más nítido que nunca. Ari, muerta de la risa, sostenía en alto su móvil, cuya alarma piaba sin cesar: “pío, pío”.