PISCO SOUR
ANA RODRÍGUEZ DE ALMEIDA | Sra Frisby

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A esas alturas de la noche estábamos todos muertos, aunque todavía no lo sabíamos; ni siquiera yo.

A muchos los conocía de vista. Tenían la oficina por el barrio y nos cruzábamos por la calle a menudo. La mayoría nunca me saludaba, pero sabían perfectamente quién era, al fin y al cabo, su jefe era el mayor fan de nuestro restaurante y cada vez que tenía ocasión buscaba alguna excusa para venir con alguno a comer. A pesar de su aspecto de chulo puta era con diferencia el más simpático de todos. Nos trataba de tú a tú, no sé si de un modo natural o fingido, pero en ningún momento parecía creerse superior a nosotros. El resto… el resto ya era otra historia…

Aquella noche habían reservado todo el restaurante para una fiesta de fin de rodaje. La primera película había tenido tanto éxito que no había transcurrido ni un año desde su estreno y ya habían terminado la segunda, con prácticamente el mismo elenco y el mismo equipo.

Mientras esperaban a que llegasen todos, charlaban animadamente y disfrutaban en una de las salitas de unas mimosas que Alba, experta coctelera, además de renombradísima sumiller con referencias inmejorables, había preparado.

Perfectamente colocados en una esquina con nuestro brazo derecho a la espalda y el izquierdo arrimado al ombligo cual Napoleón, Antonio, mi compañero camarero, y yo esperábamos la más mínima señal de los clientes para acudir al servicio con celeridad, cuando Alba se acercó hasta nosotros.

– No pensaba que iba a ser tan alta.- Dijo refiriéndose a una de las actrices.- Ni tan guapa, la verdad.

– Ya – respondí yo. – A mí me impresionó cuando la vi aquí por primera vez…

Al terminar los postres, se les acompañó al jardín para que disfrutaran de los cócteles, cortesía de la casa, que Alba prepararía y serviría con todo su cariño. Aquel joven de la mesa 4 insistió a sus amigos: “No, en serio, a esta chica la he visto antes”, “ Y dale, ¡pesado!”, le respondieron al unísono. » De aquí no puede ser, me ha dicho que es su primer día.»

Llevaba toda la noche visiblemente nerviosa. Erróneamente, yo lo achaqué a que fuese su primer día en la empresa y no al hecho de que llevase un año planeando la fría venganza que llevaría a cabo aquella misma noche.

El problema fue que todavía no conocía nuestra costumbre de fin de turno, así que al entrar en la cocina y vernos disfrutando de las sobras de sus exquisitos cócteles, como hacíamos siempre, frenó en seco, cayó al suelo sobre sus rodillas y se llevó las manos a la cabeza.

– No, no, no.- No podía decir otra cosa.- No, no, no. – Se me acercó, robó la copa con mi pisco sour y le dio un trago. Saco el móvil – Emergencias. Le llamo del restaurante Goutte de Vin. Ha habido una intoxicación masiva, todo el personal y 43 comensales. Dense prisa. Tienen 20 minutos antes de que fallezcamos todos.

Y colgó.