827. PISTACHOS
Pedro Luis Gil Escudero | Subinspector Cabrerizo

¡Cuatro euros por una mísera bolsita de pistachos! Indignado, me aparté de aquella máquina infernal y me senté a esperar el tren de cercanías con las monedas en el bolsillo y sin pistachos. Aquella disrupción en el equilibrio moral del universo me sumergió en perversas ensoñaciones sobre cómo hacer justicia sin dejar testimonio en las cámaras de seguridad. Por eso, no me di cuenta de que la mujer de mi vida se acababa de sentar a mi lado.
El perfil perfecto de aquella venus, mi nueva vecina del sexto derecha, se recortaba mágicamente contra la luz del atardecer en aquella estación del extrarradio. Devolví inmediatamente la mirada hacia mis piernas que, aun conservando su aspecto habitual, se habían cristalizado para formar dos bloques pétreos que me impedían cualquier movimiento. Mis músculos oculares no parecían afectados y pude girar los ojos hasta percibir de soslayo su silueta; era ella, sí, y jamás la había tenido tan cerca. Lentamente, retomé una aproximación visual en oblicuo y percibí la preocupación dibujada en su semblante; sus ojos verdes muy abiertos y extrañamente ciegos parecían examinar el pavimento
—Nunca te he pedido nada, pero ahora necesito que me ayudes —rogó sin dejar de clavar la tristeza de su mirada en las baldosas. Aquella inopinada petición me cogió desprevenido, pero un fogonazo de lucidez me permitió entenderlo todo en un segundo: esos cuatro euros que el devenir cósmico quiso mantener en mi bolsillo no eran sino los que ella ahora necesitaba para poder comprarse el billete del tren. Me puse en pie con diligencia militar y exhibí mis cuatro monedas calculando milimétricamente la extensión de mi sonrisa. Repentinamente, ella se incorporó de golpe y elevó el tono de su voz, alterada:
—Escucha lo que te digo: a mí, en domingos y festivos, ni se te ocurra llamarme, ¿vale? Si lo que quieres es ascender a Paloma, dale el puesto a ella, tú verás.
Se quitó el gorro de lana con rabia dejando al descubierto el auricular inalámbrico que sobresalía de su oído izquierdo y se alejó farfullando algo sobre unos días que se le debían de vacaciones. Luego anduvo una docena de pasos con el caminar pausado y elegante de una diosa y se volvió. Aún con las monedas en la mano, giré sobre mis talones y me acerqué hacia aquella codiciosa expendedora de estafas de perfil bajo tratando de dar naturalidad al movimiento de mis piernas. Derrotado, me hice con esos 50 gramos de «snacks» para fracasados solventes en un desesperado intento de defender un ápice de dignidad.
Cuando se sentó de nuevo junto a mí, la miré con la melancolía de un náufrago que contempla la silueta de un barco alejándose en la línea del horizonte y le acerqué la bolsa de pistachos, como hicieran aquellos hombres antiguos que sacrificaban lo mejor de sus cosechas a los dioses.
—¿Quieres?
Ella levantó el verde inmenso de sus ojos y su sonrisa multiplicó la belleza de sus facciones hasta el infinito. Y me dio su primer «sí».