890. PIZZA CON PIÑA
María Sáez Menéndez | Clarice W.

Quedo muy pocas veces con C y, cuando lo hago, lo preparo a conciencia. No tengo redes sociales, pero él sí, así que me cercioro de saber qué temas se pueden sacar: el mundo se va al garete, pero no le gusta el pesimismo ni la idea del éxodo rural, hay que quedarse a defender las últimas trincheras de las urbes; sobre los políticos, mejor hacer una lectura poco idealista y sobria; hay que revisar el panorama de los podcast; la meca del cine está en Corea del Sur y, por supuesto, la pizza es mejor con piña. Quedamos como siempre en un buen restaurante, yo suelo llegar puntual y justifico que debemos brindar porque es una buena costumbre francesa. Normalmente no decimos nada. Pregunto siempre, antes de que le dé tiempo a hablar: “¿Qué es de ti?” De esta forma, no tengo que contarlo yo. Es una pequeña victoria. Me dice que está liado, trabajando mucho, y me explica cosas a las que no presto demasiada atención, pues yo quiero comentar su último vídeo sobre el auge de los libros de jardines en la era actual. Saco el tema con la ensalada, cuando comento que los productos frescos son un valor en peligro de extinción. No puedo estar más de acuerdo, precisamente compartí un vídeo sobre eso el otro día. Me hago la sorprendida y el primer tema sale a la luz. Con el plato principal, me atrevo a comentar la calidad que la piña aporta a la pizza y eso nos lleva a hablar de la última película de Paul Thomas Anderson y, de ahí, al cine coreano. Compartimos algunos títulos como compartimos la pizza. Todas las sugerencias, sin duda, las veremos, y hacemos el esfuerzo de apuntarlas en el teléfono. Con el brownie, a modo de epílogo, me muestro desencantada con el mundo actual, aunque “la rendición está alejada de mis principios”, afirmo con rotundidad. Creo que sonríe aliviado porque piensa que el vínculo permanece intacto después de tantos años, pese a que nos veamos tan pocas veces y no me haya leído su última recomendación, aunque la tengo pendiente. Soy una buena amiga que aparece y desaparece, con su intuición intacta, y a la que se recuerda con una sonrisa o se piensa en llamar. Nos despedimos en la boca del metro con un abrazo y prometemos llamarnos pronto, no sin antes bromear sobre que somos del equipo de la pizza con piña.