1466. PLAYA
Natalia Baselice | Naty1942

Oliver llegó corriendo junto a su madre, blandía una rama estrecha que había encontrado entre la arena.
-Tira eso, Oli -le replicó su madre-. A saber dónde ha estado.
El niño frunció el ceño y negó con la cabeza. Era suya y había luchado por conseguirla.
Bueno, la encontró por casualidad, pero el trayecto había sido arduo. Así que no se desprendería de ella.
Era su varita.
La madre bufó cuando vio a Oliver aferrarse a ella y alejarse unos pasos, agitándola con vehemencia.
A Oliver se le había presentado una ristra de armas a elegir. Una rama más larga podría haber sido su más fiel espada a dos manos, como las que portaban los guerreros.
Su hermano también le había ofrecido un tirachinas, que Oliver rechazó.
En cambio, Oliver eligió la varita. Eran capaces de maravillas e incluso de engendrar bestias curiosas.
Bestias con las que podría jugar.
Por eso, se concentró, ajeno al barullo de la playa. Lleno de credulidad, señaló con la varita hacia el suelo.
De súbito, un cangrejo emergió, sacudiéndose la arena del caparazón.
Oliver quedó estupefacto. Cuando se volvió hacia su madre para corroborar que también lo había visto.
-Mamá -llamó el niño-. ¿Lo has visto?
-Sí, cariño -confirmó su madre con los ojos puestos en una revista-. Ha sido magnífico.
Oliver asintió. Sí que fue magnífico.
Cuando devolvió la vista al cangrejo, este ya no estaba.
Pero no importaba, podía crear más, sólo necesitaba adquirir esa inusitada concentración otra vez.
Sin embargo, quería practicar trucos nuevos.
Vio a una pareja jugando con unas raquetas y una bola que surcaba los cielos. Asió la varita con firmeza, blandió su convicción y señaló hacia la bola.
Y esta se desvió excesivamente de su rumbo.
Una vez más, se volvió hacia su madre con una exultante sonrisa.
-¡Hala! -dijo su madre, sujetando con fuerza su revista para evitar que el repentino viento se la llevara volando.
El niño se sintió eufórico, pero algo en aquellos trucos no terminó de convencerlo. Fueron trucos portentosos, de eso no había duda. Pero no se palpaba la magia en su totalidad. Quería algo más prodigioso aún.
¿Y qué podía ser prodigioso?, se preguntó Oliver, contemplando la playa.
Virando su visión, vio que su madre continuaba con la revista, y una duda surgió. ¿De verdad había visto su madre sus hechizos?
Quizá su próximo truco podría consistir en desprender esa revista de las manos de su madre. Eso la haría feliz, así podría disfrutar de la magia como él hacía.
Por tercera vez, blandió su varita, apuntando a la revista. Esta vez, sacudió la varita, exigiendo la magia.
Y la magia ocurrió. La revista salió volando.
Del susto, la madre se volvió hacia Oliver, que sonreía complacido.
Pero para desgracia del niño, la madre le reprendió y confiscó su varita mágica.
Oliver no pudo más que entristecerse y continuar con su contemplación de la playa. Al volverse, vio a su hermano mayor, riendo por lo bajo.
Mientras ocultaba su tirachinas.