943. POBRECITO POETA QUE ERA YO
DOMINGO LOPEZ HUMANES | ANTÍSTENES

POBRECITO POETA QUE ERA YO

Presenté mi humilde poemario, pagado con mis ahorros, cumpliendo así la promesa de difusión mundial de la editora, animadora sociocultural y depredadora de subvenciones, un sábado catorce de abril dentro de las Jornadas de Agitación Cultural que la Asociación Terruño Insurgente organizaba en aquel municipio de cuyo nombre no quiero acordarme, donde la susodicha tenía su guarida librera y sus compinches amontunados. El acto se perpetró en una nave municipal en desuso que los organizadores denominaban —tal y como rezaba en su fachada, escrito a brocha— Centro Social Okupado, así, con clamorosa falta de ortografía y todo. Primero tuvo lugar, a cargo del visionario cabecilla de la asociación, un lumbreras barbudo y zarrapastroso, una entusiasta y enardecida disertación sobre el inminente advenimiento del poder popular de los Soviets y la necesidad perentoria de que la famélica legión se pusiera ya mismo las pilas para defenderlos, con facas, bieldos y estacas, del enemigo burgués y librecambista siempre acechante y amenazador, peroración que acabó entre ladridos de alborozo, cacareos de hurras y rebuznos de vivas y mueras. Acto seguido me tocaba declamar mis ripios campestres y bucólicos, con el recinto ya bastante concurrido y el ambiente harto caldeado, pero no precisamente por la expectación hacia la recitación ampulosa de mis versos, sino por los acalorados debates espontáneos en torno a la venidera colectivización del terruño en los futuros planes quinquenales y a la libación de considerables cantidades de calimocho en la barra —macetas de litro a precios populares— que para la ocasión habían improvisado con el presumible propósito de refrescar los gaznates y desabrigar los juicios y de paso —según rezaba una pancarta— solidarizarse con el vilipendiado y ejemplarizante pueblo de Corea del Norte. Leí pues, ignorado por completo, en medio de la algarabía dialéctica y etílica, lo que pude y como mejor supe y salvo un par de vejetes con boina y cayado y una chica con indudables ínfulas líricas y fehaciente fealdad, se puede decir que nadie más me prestó la menor atención. No vendí un solo ejemplar y cuando acabé, sudando a mares, agradecí a la organización que contaran conmigo en tan grato acto, todo un honor, espero volver, etc., jurando para mis adentros y por mis muertos que en cuantito llegara a casa me olvidaría del parnaso y de escribir más pamplinas y de meterme en berenjenales y, en fin, dedicarme a lo mío, o sea a mis gallinas y cerdos y a mis lechugas y tomateras. Cuando bajé acharado del pequeño estrado, enseguida ocupó mi lugar, haciendo también el tontaina, pero con caché y caletre, el Gran Payaso Kalasnicoz, alias el Caricato Rebelde, que obsequió a la bullanguera concurrencia con gansadas sobre guillotinas, checas y otras chaladuras insurrectas, obteniendo un estruendoso aplauso, actuación que cerró el programa cultural, que no el sarao, porque enseguida atronó por los bafles, invitando al despiporre incendiario y definitivo, la música horrísona y taquicárdica de, según luego supe, La Polla Récords, que vaya nombre.