1025. POCA PACIENCIA
Victor Antón Soler | Nani

Eran fiestas en el pueblo vecino, Julián y yo paseabamos por la feria repleta de feriantes escandalosos, que comenzaban a encender sus luces fluorescentes, para atraer visitantes a sus desvencijadas «paraetas», y para colofón, la música de casette de los 80, a todo volumen.
De pronto Julián se frena en seco, como si una fuerza sobrenatural le impidiera avanzar, y me suelta acercándose a mi oído, : «cuántos años sin disparar con un rifle de perdigones».
El era aficionado a la caza, pero un día al intentar pasar el reconocimiento médico, para renovar el permiso de armas, se lo denegaron, al no poder leer ninguna fila de la prueba de visión lejana, por más letras que dijo al azar no acertó ninguna.
A mi me pareció una idea regular, pues si se lo habían denegado era por algo, per su ilusión era tal, que no pude quitársela. Se metió la mano en el bolsillo de su americana, y compró un ticket, el chico de la caseta, le preparó un perdigón en el rifle, lo cerró y se lo dio por la culata. Julián lo recibió, y a continuación se lo apoyó en el hombro y apuntó a la Diana.
Y entonces ocurrió, fue todo muy rápido un globo explotó en la caseta de al lado, y eso junto a su mínima visión hicieron el resto, con tan mala suerte que el perdigón fue a parar al muslo del feriante, que entre alaridos de dolor maldecia y se acordaba una por uno de los parientes más cercanos de Julián.
Mi amigo sin inmutarse le dijo: -«usted no tiene paciencia para este trabajo», se dio la media vuelta y se marchó.