POCA VOLUNTAD
Alicia García Mendoza | VELOCIRRAPTOR

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Y también para usarla. Desde que la empresa me la regaló —ventajas de trabajar en la industria— solo la había sacado por carnavales, ambas con traje de chaqueta, una a cuadros blancos y negros y la otra con rayas blancas y negras. Juntas parecíamos una distorsión. Nos vitorearon los de la comparsa y unos japoneses nos pidieron fotos. Me dirás, dos mujeres exactas, entraditas en carnes y años, que dábamos entre risa y espanto. Por tanto, me dije, ¿por qué no enviarla a la cita que, tras hacer match, había acordado para el sábado siguiente? Porque al principio sí, mucha ilusión, pero pasaban las horas y qué pereza con lo bien que se está en casa y más con este frío. Era la oportunidad de sacarle provecho, de dejar de tenerla arrumbada en el cuarto del fondo, preocupándome de su alimentación y su aseo.

Antes del encuentro la sumergí en un baño con lavanda, le cepillé el pelo, la maquillé con un cuidado que nunca había puesto en mí misma, la vestí con ese vestido que acentúa el escote y disimula las caderas y, por fin, la subí a los diez centímetros de unos tacones, que no uso por incómodos. Estaba preciosa. Su mirada vacua, soñadora. Luego, después de los últimos consejos, le entregué un teléfono de prepago y la empujé al taxi. A los clones, les dices haz aquello o esto, y ellos obedientes. Aunque hemos logrado replicar las cuestiones físicas, hasta les crecen las uñas al ritmo del original, la industria está en pañales en cuanto a dotarlos de voluntad. A la mía, los días previos, la inicié en la charla y la coquetería y sobre todo, la adiestré en la observación para que, a su regreso, me contara con detalle si en verdad el tipo merecía la pena y respondía a su perfil.

¿Cómo pensar que lo traería a casa en la primera cita? ¿Cómo pensar que pasarían la noche…? ¡Y qué escándalo! Debería haberlo previsto, los clones son inexpertos y poseen poca voluntad. Sin duda, ella era carne de cañón para ser seducida por el primero que apareciese y además tan ingenua. Porque los clones no están resabiados, incluso para la felicidad son inocentes. Había que ver el deleite con que saboreaba cualquier comida al principio de traerla casa, cómo sacaba una lengüecita nueva y roja entre los dientes nuevos. Escondida en el cuarto del fondo, no cesaba de imaginarla saboreando una piel extraña, salivando recovecos, succionando, masticando el goce inédito.

A la mañana siguiente, después de una vigilia envidiosa, escuché la partida del hombre. Me abalancé a la puerta; estaba atrancada. Más tarde, cuando me habían ganado el sueño y el cansancio, la habitación se abrió y mi clon trajo una bandeja con el almuerzo. Le pregunté, la amenacé, le rogué, pero volvió a condenar la puerta. En silencio, tan solo me dedicó la sonrisa desmadejada de una mujer ahíta y con la poca voluntad que deja una noche de placer.