POLVO. PRIMERA CITA SIN ELLA.
ANA VILLANUEVA HERNÁNDEZ | YIS ZIGAN

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Aparco mi coche y el olor a bosque ya se ha colado a través de las ventanillas. Respiro profundo. No sé si seré capaz de mantener la calma con la que me levanté esta mañana y he emprendido el viaje hasta aquí. Nada más poner mis pies en esta tierra, me sube una caricia por las piernas y el viento me golpea la cara como dos besos de recibimiento. Aspiro ese abrazo de romero y espliego y me apoyo en la verja tan cuidadosamente pintada a pesar del olvido y tantos años. La manilla cede al giro de mi llave temblorosa y me invita a entrar sin ofrecer resistencia. Allí están, una hilera de tallos, antaño flores hermosas, tratan de erguirse para darme la bienvenida y apenas me ofrecen su cara más triste y carente de brotes.

—Debí venir antes a regarlas—digo al aire—. Lo siento de verdad.

Las lágrimas se hacen duras en mi garganta y siento que van a salir como en tromba. Trago saliva y me apoyo por fin en la baranda sin querer mirar el algarrobo amnésico sobre su alfombra marrón, la higuera con sus brazos caídos a juego con este desánimo que me ha desbaratado ya del todo el pecho.

Mi mano ha dibujado un camino en la madera y de pronto me doy cuenta de que ella no va a salir a recibirme. No habrá pasitos acelerados tras el timbre. Ni besos sonoros después. Sin embargo, lo pulso y el sonido es el mismo. Sonrío esperando esa voz desde dentro que hacía reír mis huesos de impaciencia y el gusano en la tripa por primera vez me devora: «¡Vooooy!» Me pareció escucharla y para disimularme la realidad recojo un puñado de lágrimas que ruedan presurosas y sin consideración surcando mi cara.

El pomo se queda en mi mano y la llave puesta me ofrece el chirrido que jamás quiso irse para avisarla de que yo entraba con mi llave. No sé dónde estoy. El sol del salón se apagó y las sábanas son el paso del tiempo que todo lo cubre. No hay geranios ni huele a sus guisos y, con la vista al ventanal, los ojillos achinados de las persianas ofrecen penumbra y polvo flotante.

—¿Qué le pasó a tu comedor? —grito escuchando mi desesperación en el eco.

Una cara risueña y desdentada me sonríe desde la única foto que sigue en su sitio. Mis ojos viajan a aquel verano y sus dedos trenzando con ganas mi pelo partido en dos. Una bola en el pecho que pugna por salir me empuja hacia la cocina con el deseo de ver su culo redondito haciendo bailar al cuerpo entero al remover la olla con brío.

No está. Parece que ha pasado una vida.

Caigo desplomada en la silla de chapa y mi codo deja un círculo en la mesa.

—Yo no sé si podré vivir aquí en tu casa, yaya—digo vencida—. Aunque si me prometes que estarás……