407. POR AMOR A CECILE
González Mestre Manuel | Edmundo Buendía

Me sobrevino la muerte en un avión. Perdí el equilibrio y entré en una espiral, todo se fundió a negro y una luz blanca refulgía al fondo en la que mi madre me acompañaba al colegio. Quedé atrapado en aquel limbo. Eso lo supe por Sophie Moreau y Pierre Durant, dos de los habitantes de aquella región transitoria. Hasta que un cadáver no entre en una descomposición avanzada… el hilo que conecta tu alma con tu cuerpo no acaba de romperse.
Me hallaba en el depósito de cadáveres junto al doctor Jean-Claude Villeneuve. Él fue quien hizo desaparecer mi documentación y pasé a ser un sin nombre. Envuelto en una sábana con una etiqueta sujeta al dedo de mi pie y en una sala de frío a -20º C, haciendo compañía a una docena de cuerpos.
¿Qué quería aquel degenerado? Llevar a cabo una serie de rituales y orgías cuyos detalles escabrosos te ahorraré. Mi alma podía volar de una estancia a otra. A cambio aquel depravado y su pandilla de acólitos chiflados me daban por el culo cada fin de semana. No compensan los súper poderes cuando alguien te jode de un modo literal, aunque no sientas dolor y te lleves tu alma a la sala de al lado.
Había algo peor, el ansia de amor por Cecile Lamballe. Quería regresar de entre los muertos. Ya habría tiempo para la eternidad. Ahora por mis venas, o más bien por el aire, corría la pasión por mi amada Cecile.
Fue Camille Degas, otra de las compañeras de cautiverio, neurocientífica, quien me ofreció la oportunidad de un billete de regreso. Ella mantenía la teoría de que el peso de un alma humana era igual al de una única célula. No me preguntes cómo obtenía aquellos cálculos, a mí al también me parecieron un disparate. El objetivo era que mi alma bajara a ras de suelo para introducirme por el orificio del oído del doctor en el momento que este estuviera dormido. Nos colocamos un alma encima de la otra y descendimos como un globo aerostático. Accedí al cerebro de aquel pervertido y me expandí por todos los centros y transmisores neuronales para hacerme con el puesto de mando.
Así fue como me apoderé de su identidad y de su cuerpo. Un cuerpo que gustaba a las mujeres y con el que conquisté a la inalcanzable, Cecile Lamballe. Nos convertimos en amantes, pero el hombre es un ser desdichado y preso de la insatisfacción. Tomé celos de Jean-Claude Vleneuve, ¿pues no era él, el que de alguna manera yacía con mi adorada Ceci? Esa idea comenzó a atormentarme. Tomé la decisión de contarle la verdad. Su reacción al principio fue de risa, para más tarde tomarme por un loco… me abandonó.
Desde entonces vivo como un vagabundo. Tienes que creerme, Bastian.
—Bernard, otra vez con el mismo rollo.
— ¡Vete a la mierda!
—Vete tú y que te dé por el culo tu ingenioso doctor Jean-Claude Villeneuve.