POR FIN HE ACERTADO CON LA APLICACIÓN
Helena Ortiz Gil | Sirenita

4.4/5 - (39 votos)

Nada más verlo, pensé “Por fin he acertado con la aplicación”. Yo estaba sentada al fondo del restaurante, lugar de encuentro de nuestra primera cita.

Así tuve la oportunidad de observarlo detalladamente mientras él se acercaba a mi mesa: Me llamó la atención su espalda moldeada por la natación -era uno de nuestros puntos de unión en las conversaciones previas por la aplicación, porque yo también nado-. Me gustó su estilo de vestir, un auténtico urban dandy, y me fijé en que llevaba el mismo chaleco que yo le había comprado a mi ex, en una conocida plataforma de moda online. Tuvimos un intercambio rápido de contacto visual, que él aprovechó para guiñarme un ojo y yo para estremecerme. Me fijé en sus ojos azulados, casi grises, muy metálicos… eso me sorprendió, pero su entrañable sonrisa perfecta me hizo olvidar el frío color metalizado de sus ojos.

El restaurante era acogedor, perfecto para nuestra primera cita, y era el marco ideal de nuestra conversación, fluida, divertida y próxima, muy próxima. Esto me hizo confirmar mi idea inicial, nada más verlo: “Por fin he acertado con la aplicación”.

En todo momento él supo acertar mis gustos culinarios, los conocía. Pidió mi vino blanco favorito para acompañar platos que compartimos románticamente. Hablamos de los libros que habíamos leído, coincidiendo en opiniones; también me sorprendió la similitud de series que estábamos viendo, incluso las que no nos habían gustado. Viajes, países visitados coincidentes, experiencias comunes… mi sentido interno me decía: “Por fin he acertado con la aplicación”.

Durante la cena, cada vez nuestras manos se tocaban o chocaban con más sensibilidad. Al principio, torpemente, incluso me pidió perdón cuando nuestras manos se rozaron cuando el camarero nos dio la carta, lo que nos arrancó una bonita sonrisa a los dos. En el primer plato, durante la conversación de una película cuyo final me produjo una gran tristeza, me encantó cuando cariñosamente me cogió la mano, para animarme y soltar uno de sus chistes, que tanto me hacían reír, era mi estilo de humor. En el segundo plato, le dijo al camarero que se quería cambiar de sitio, para sentarse a mi lado, con una amabilidad y simpatía que me hizo volver a pensar que “Por fin he acertado con la aplicación”.

En el postre, que él había elegido sabiendo mi extraña alergia al chocolate, noté cómo me iba acariciando la rodilla, haciendo unos cariñosos movimientos que, poco a poco, iban subiendo y acercándose peligrosamente hacia mi entrepierna… un juego peligroso para mi imagen pública en el restaurante, porque desmesuradamente crecían mis ganas de abalanzarme sobre él con toda mi pasión. De nuevo, volví a pensar “Por fin he acertado con la aplicación” … sin duda, he acertado en pagar la versión Premium del Avatar de primera cita. Tal y como decía la publicidad de la aplicación un nuevo formato de humanoide que iba a satisfacer mis necesidades, todas ellas.