1464. POR LOS CINCO SENTIDOS
Valeria Piédrola López | Valeria Piédrola López

Había una vez un cuerpazo serrano habitado por cinco sentidos: vista, gusto, olfato, oído y tacto. En aquel lugar tan extraño y peculiar, vivía el rey de la vista, don ojazo. Que siempre estaba pendiente que todo estuviese en orden, echaba una miradita a todos los rincones para que nadie se escaqueara de sus labores en el Cuerpo Humano. También estaba doña lengua que llenaba de saliva todo lo que estuviese alrededor, especialmente cuando le tocaba cita con el dentista. Cada vez que iba entraba en pánico, no podía controlarse y salivaba el doble de lo normal, en consecuencia, dejaba al dentista con los guantes llenos de babas, era una situación un poco desagradable de contar.
Sin perder la pista, se encontraba a doña nariz que, por suerte, casi siempre estaba limpia, le encantaban los perfumes caros y odiaba especialmente los pedetes, la caca y la basura. Siempre tan perfecta y aseada, sin ningún pelo de tonta, menos cuando estaba resfriada, que moqueaba cada dos por tres y cuando le venía un estornudo llenaba de mocos a doña mano. Y sí, aquí empieza el primer conflicto, doña nariz y doña mano no se llevaban bien, y es normal. Porque cada vez que le venía el estornudo, a doña lengua no le daba tiempo a dar la alerta y disparaba semejante vela que ni las que se llevan en Semana Santa.
Doña mano pensaba que era el sentido más importante y por eso, quería un lugar privilegiado. Pero como no se lo daban, estaba siempre mosqueada porque se veía envuelta en todo tipo de situaciones pesadas. Cuando tosía, automáticamente, la mano. Cuando se tiraba un pedete, automáticamente, la mano. Cuando venía mucosidad, automáticamente, la mano. Cuando veía una película romántica o recordaba un recuerdo triste y venía una catarata de lágrimas, automáticamente, la mano. Es normal, que doña mano dijese que era el sentido más importante, pero don ojazo decía que no, que él estaba por encima porque gracias a el lo podían ver todo. Don ojazo era el rey del Cuerpo Humano, aunque el resto de sentidos dijesen que no.
Y quedaba el último, don oído, que al mínimo ruido, se despertaba. Era el sentido más vago y tranquilo, también era muy agudo y activo. No le gustaba meterse en líos, no se consideraba el peor sentido, pero tampoco el mejor. Digamos que era un poco pasotilla, y pensaba que todos eran importantes en su función. Pero aun así también reñía a doña mano cuando le venía un golpetazo de música fuerte y casi se le rompía el tímpano. Automáticamente apretaba las orejas con gran fuerza para taparse de semejante susto. Doña mano actuaba naturalmente, no era su culpa. O iba por la calle y doña vista no estaba al hilo: “Oye mira por donde vas, que ya tengo bastante con escuchar”.
Y en medio de tanto sentido, se encontraba don corazón que ponía en armonía a todos con su fuerte latido, «boom-boom», «boom-boom»……