¡Por los pelos!
Cristina Asorey García | Crisesgenial

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«- ¡Mierda! – exclamé, justo antes de inclinarme sobre la bañera, agarrar la alcachofa de la ducha y volver a empaparme el pelo.

Era la tercera vez que intentaba que el secador, el cepillo, y la espuma moldeadora cumplieran con su parte, y por algún motivo mis rizos parecían haber elegido ESE DÍA para vengarse por todas las putadas que les había hecho durante mi época heavy-punk adolescente.

Aunque había tenido la precaución de comenzar mi ritual con dos horas de antelación, este inesperado boicot capilar estaba devorando todo el margen: apenas quedaban veinte minutos antes de tener que salir pitando.

– ¡Compórtate! – pensé, a la vez que enchufaba por enésima vez el secador a la corriente.

Mientras trataba, una vez más, de seguir con precisión quirúrgica cada uno de los pasos que siempre – hasta ese momento- habían servido para domar mi melena, me imaginé a Alba en el quicio de la puerta descojonándose de mí.

¿Por qué demonios me ponía tan nerviosa quedar con una persona a la que conocía desde hacía tantos años?

Por supuesto, sabía la respuesta: desde que nos besamos hace dos días, todo había cambiado.

Y ahí estaba yo, sufriendo un microinfarto en el baño, minutos antes de verla, con un enjambre de abejas cabreadas taladrándome el estómago, y con el brazo dolorido de sostener el maldito secador.

– Este es el último intento – le dije a mi “yo” del otro lado del espejo, tratando de conjurar a todos los poderes divinos para que ordenasen el caos que caía sobre mis hombros.

En los doce tensos minutos que estuve mirando al suelo, achicharrándome una vez más la nuca y las orejas – preocupantemente rojas-, visualicé a Alba, con su pelo recogido en un moño impecable, con su sudadera de capucha holgada, sus Converse negras y ESOS vaqueros ajustados.

¿Por qué tenía que ser tan jodidamente perfecta?

Cuando iba a comenzar el paso más arriesgado del protocolo, sonó el timbre.

“¡Ahora no!” grité con la mente, intuyendo – como era extrañamente habitual- algún repartidor desubicado.

Dejé el bote de espuma sobre el lavabo, me envolví torpemente en la toalla, y corrí descalza hacia la puerta.

– ¿¿Quién es?? – pregunté (reconozco) con cierta impertinencia.

– ¡Soy yo, boba! – respondió Alba, divertida ante mis formas.

¡¡MIERDA!! Pensé muy fuerte mientras sopesaba mis opciones.

Tras amagar con correr de vuelta al baño, valorar una nada desdeñable lista de excusas absurdas, y pasárseme por la cabeza una huida peliculera por la ventana del patio, comprendí que no había escapatoria.

Cogí aire, y abrí la puerta.

Tal como había imaginado: el moño perfecto, la sudadera ancha, las zapatillas, y… ESOS vaqueros.

– No podía esperar a verte. – Soltó.

Sin darme tiempo a disculpar mi terrorífico aspecto, me agarró de la nuca – aún a mil grados- y me besó apasionadamente.

Y siguió besándome mucho, mucho, muchísimo rato.

Y en todas las horas que me besó, creo que puedo asegurar que nunca, jamás, se fijó en mi pelo.»