Por no poder ni querer.
Héctor Izquierdo Cuadrado | Hectoriteller

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Golpeé la aldaba de hierro dos veces.

Una quizás mostraría cierto desinterés, poco entusiasmo. Tres, insistencia o desesperación.

Me recibió una señora de mirada rapaz, pero al mismo tiempo acogedora. Me condujo, con cierta diligencia impostada, hasta la persona que había venido a ver.

La señora se retiró sin ni siquiera despedirse, como un perro que te arroja el periódico y no da más explicaciones, por no poder ni querer.

Allí estaba él.

Distraído, con cierto aire de indiferencia. Sus oscuros rizos cayendo por su amplia frente, procrastinando, no gustosos de organizarse.

Al principio pensé que ni siquiera había reparado en mí, pero pronto levantó la mirada.

Sus pupilas se dilataron al instante, o al menos eso pensé. Desde la distancia a la que estábamos, era prácticamente imposible percibirlo.

Así son las expectativas: vemos lo que queremos ver, sentimos lo que queremos sentir. Y luego, hacemos que nuestros esquemas pinten con los colores con los que hemos dibujado los ojos de la gente.

Los suyos me miraban muy fijamente: habían pasado de flâneur a francotirador mientras yo pensaba todo esto.

Me sobresalté.

Entonces, él habló.

– Ha llegado siete minutos tarde. No se preocupe, era de esperar. Solo hay dos trenes que lleguen hasta aquí la tarde de hoy . El primero le habría conducido a su destino treinta minutos antes de la hora pactada, mientras que el segundo lo habría hecho a la hora convenida. Pero usted es una dama y, por defecto, tiende a sobreestimar su capacidad de llegar a los sitios en el tiempo pactado. Tiene una sonrisa preciosa, si me permite decirlo. Además, debo elogiar la elección de su vestimenta. Esos tonos pastel matizan con elegancia su figura. Por otro lado, sin embargo, sugieren cierta conformidad con lo establecido, con lo que se le ha marcado desde joven, desde las directrices que le han dado sus padres. Incluso les ha obedecido al venir aquí. Se ha puesto esa pamela negra que tanto odia. No le queda ajustada del todo, por lo tanto, no se la compró usted. ¿Por qué un regalo de sus padres? Cualquier pretendiente galante se habría gastado una suma más elevada; una amiga habría sabido que su color favorito es el rojo, como indican sin duda alguna su pulsera y sus zapatos. Por lo tanto, sus padres. Se me ha catalogado, no me atrevería a decir que erróneamente, como una persona obsesiva y con cierto gusto por la disrupción de las normas. No es que me guste transgredirlas por el hecho de transgredirlas, sino que considero justo ubicarlas en su sitio fidedigno. Es evidente que usted sería poco maleable en términos de esquivar el mandato de la autoridad. Si es incapaz de rebelarse ante sus padres, ¿qué no haría por contentar a la autoridad? En consecuencia, me temo que nuestros temperamentos sugieren una incompatibilidad entre nosotros. No funcionaría.

Sin querer ni poder decir nada, abandoné ese inusitado salón en la segunda planta del número 221 de Baker Street.