584. POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS
REGINA CERVERA MEGÍAS | VIRIDIANA VILLAESCUSA

Relata el demandante, Sr Cobo, un tormento de noches en vigilia dentro de su atronador aposento, por culpa del tañido insistente a cada cuarto de las campanadas de la iglesia.
Se defiende el consistorio, esgrimiendo la unanimidad de los restantes vecinos en mantener esta tradición musical de singular valor turístico; y ya de paso, de utilidad para advertir a los moradores de aquel ombligo de la Tierra del paso inexorable del tiempo.
Para darle compensación al agraviado, en vano procuraron las fuerzas vivas insonorizarle el habitáculo y el cerebro a base de albañil y obra y palabrería institucional, que siempre suena a hueca, cuando no a sorna, y enciende más los acalorados ánimos que los apacigua.
Más el martilleo campanil se seguía colando por recovecos insospechados, en palabras textuales del perito de parte: «…por los miles de poros de su piel y por el hueco del nacimiento de sus uñas».
El informe prueba el grave quebranto del sistema nervioso, pero los hechos también hablan por sí solos: tanto escuchar el repique del tiempo maldito, y por desgracia puntual, que el querellante se vio privado del reparador descanso y se acabó acordando del señor alcalde y su señora progenitora por engendrar tan gran maligno, hasta tal punto de querer acabar definitivamente con la vida del Excelentísimo y la suya propia. En un arrebato, intentó izar el pesado estandarte español del consistorio para ondearlo contra la cara del Señor Alcalde. Suerte que la bandera era demasiado pesada y el señor Cobo poco ducho en levantamiento de piedras, que no llegó a consumarse el magnicidio.
Otro día de desvarío, el afectado se creyó superhéroe volador y saltó al vacío, con tan mala fortuna que se le enganchó la chaqueta a la antena de televisión y se dio de bruces contra su propia casa, quedando colgado boca abajo como un murciélago castigado contra la pared.
Ya que el honrado sufriente ha perdido definitivamente el juicio, no le negaremos ahora justicia, pues la justicia no debe ser ciega pero tampoco sorda (nunca mejor dicho).
Contemplen la última frase del informe donde dice lo que puede resistir un ser humano sin dormir: 264 horas, 11 días.
El demandante estuvo 18.
Inimaginables debieron ser esas dieciocho noches blancas con sus dieciocho negros días posteriores, privado de la capacidad de alzar sus agotados párpados. ¿Quién puede vivir cuerdo con semejante desbarajuste hormonal? No es de extrañar que se creyera el hombre murciélago y pretendiera volar.
Para concluir,
Al honrado sufriente que aduciendo la pérdida de juicio suplica una solución, es de justicia por las razones que siguen darle la razón:
Primero, del insomnia letalis el perito doctor dio fe.
Segundo, de la opinión de los vecinos no se infieren decisivos contra argumentos, pues todos andan por la ochentena y adolecen de suficiente audición para distinguir entre ruidos y silencios y psicofonías.
Procede pues acceder a la petición de cese del campaneo nocturno, sine die, ad eternum, per secula seculorum, que suplica el demandante.
Así, por esta nuestra sentencia, lo pronunciamos, mandamos y firmamos.