332. ¿POR QUIÉN DOBLARÁN ESTA VEZ LAS CAMPANAS?
Ginés Mulero Caparrós | SETARCOS

¿POR QUIÉN DOBLARÁN ESTA VEZ LAS CAMPANAS?
Consabido es el fervor de Fray Frascuelo por San Fermín. “Deseo co-rrer en los San-fer-mi-nes”, dice con un apócrifo hilillo de voz cavernosa, como si la muerte le acechara de cerca. El abad, con un fondo bueno, viéndolo moribundo en el jergón, concede en sus orejas de soplillo la aparente última voluntad, con un susurro afirmativo, pero está escandalizado y se santigua.

Fray Frascuelo envanecido con su liturgia teatral ha viajado en autobús ocupando dos asientos: no siente remordimientos por su fraudulenta escenificación. En lo que le parece un santiamén está en Estafeta; lo primero que hace es recoger al vuelo el guante de una bota de vino echándose un chorrito largo y potente en la comisura de los labios, salpicándole parte en la cara como una lluvia fresca de acuarela lila, y deja placentero correr el refrigerado zurracapote garganta abajo. “Esto sí que tiene argumento y no la mierda de tetrabrick del mo-nas-te-rio”. Trago a trago avanza la mañana y las pupilas comienzan a brillar con destellos, tal vez chisporroteos, ora plateados, ora dorados. Se lo está pasando en grande. Arrastrado por el río humano entra en la Plaza de Toros y al pisar el ruedo se siente como en medio de un sueño de juventud cumplido, digámoslo claro, como si ya estuviera en la Tierra Prometida. Todavía no ha visto un astado porque ha tomado distancia protectora en su carrera endeble y la ebriedad y el miedo no han impedido que su alma exultante los intuya detrás, es como oler la emoción y la sangre. Minutos después, viendo entrar a los morlacos, se alza los faldones del hábito dejando involuntariamente al descubierto sus partes pudendas y, confundiendo churras con merinas –valga la metáfora-, a horcajadas, monta con temeridad a lomos de un manso, por suerte lo era. Hay un grado de locura quijotesca, es cierto, pero echémosle la culpa al vino clarete. Al tiempo, una doble de Pamela Anderson, desnuda completamente, bamboleando sus globalidades ingobernables, salta a la arena, pero pocos reparan en ella, ni en su lozanía en general, ni en sus ojos azules en particular, nadie repara por ahora, ni siquiera para advertirla del peligro: la jocosidad esperpéntica del monje vence de calle en número de miradas –por hacer un recuento objetivo- a la morbosidad femenina. Sol y Sombra en pie, hilarantes en la vocinglería, con pañuelos blancos ondeando al viento, reclaman con jolgorio… ¡las dos orejas y el badajo! de Fray Frascuelo, pero esto no es más que una anécdota y no una premonición mascada de tragedia, que vendrá determinada por suerte para él, por desgracia para ella, con una cornada enjundiosa en el corazón mismo de la naturaleza femenina: la joven tenía la menstruación, y la sangre llamó a más sangre.

No nos pongamos contentos porque nuestro monje protagonista esté en gracia de santo patrón más o menos autonómico o en gracia de Dios más o menos universal o en ambos aunados: cualquier muerte, es una muerte.