999. PORFI…
María Fernández Matesanz | Mariuchi

‘- ¡José! Pide un refresco de naranja con tres vasos y una caña para mí.
– Mamá ¿Dónde vas?
– Voy un momento al baño a quitarme el bañador mojado.
– Quiero ir contigo…- dije yo.
– No, Maruchi, quédate aquí con papá y tus hermanas- dijo mi madre con cara de querer deshacerse de mi.
Evidentemente no lo consiguió. Insistí…
– Porfi…
¿Por qué? ¿Por qué hice eso? ¿Por qué insistí? Porfi fue la palabra que dije y de la cual me arrepentiría cinco minutos mas tarde… y el resto de mi vida .
Os pondré en situación:
Nos habíamos ido de viaje, si no recuerdo mal a Cullera, que en aquellos tiempos era la leche. Imaginaos a una familia de cinco con un ritmo… y no, no es que bailaramos y que fuéramos al compás, sino que el coche en el que viajabamos era un Seat Ritmo, que en aquellos tiempos no era la leche.
Aquel día fuimos a la playa, siempre los cinco, con todos los archiperres, las bolsas, la nevera, la sombrilla, el cacharro gigante para acoplar la sombrilla y como no, el Rosco, un flotador gigante con un dibujo de neumático, que mi madre utilizaba para sujetarse con las manos y chapotear con los pies mientras el agua del mar la balanceaba y podía estar tranquilamente sin que nadie la molestara, ya que ella no sabía nadar y un poquito de miedo al agua tenía.
Después de mucho agua, juegos y arena nos fuimos a aquel bar dónde mi madre dijo a mi padre la primera frase de este relato…
A mi madre, siempre le habían dicho que era de la calidad del tordo, cabeza pequeña y culo gordo… y la verdad es que ese día lo demostró con creces. Así que en ese momento, yo, su hija pequeña, me fui con mi querida madre al baño.
Imaginaos en pleno mes de agosto, mucho calor, en un baño enano en el que solo cabía uno… en este caso uno y medio. Mi madre sudando la gota gorda y resoplando, roja, para quitarse su bañador mojado que hacía vacío. Ya en cueros, de repente, un ruidito, un olorcito no muy agradable y seguidamente un «lo siento» por parte de mi madre.
En ese mismo momento ya fui visualizando lo que iba a acontecer.
A ese ruidito, le fueron siguiendo muchos más y con mucha más «carga». Yo queriendo salir de aquella situación como si de un «scape room» se tratase. Como pude, intenté abrir el cerrojo con lágrimas en los ojos pero mi madre como una bala me aparto la mano gritando… ¡Ni se te ocurra que me ven en pelotas!
Para mi fueron los cinco minutos más largos de mi vida.
Cuando salimos de ese cuartucho, yo amarilla y mi madre roja, nos esperaban aquella fría caña y el refresco de naranja con tres vasos.