930. POST-MODERNA
CARLOS PÉREZ MORENO | Carlitos Güei

Laura recibe una llamada de Patricia, su compañera de militancia feminista, para ir a tapear a un bar nuevo que regenta una lesbiana que vivió en San Francisco en los años 80. Quedan donde siempre, en la esquina de la Calle Amapolas con la Avenida Capitán Trueno.
Laura se arregla, lo justo para verse atractiva, lo justo para no parecer el maniquí de una sex-shop. Y sale de casa apresurada. Evita la obra de la calle Amargura, para evitar los piropos de mal gusto (berridos sexuales, según su amiga Patricia) que los albañiles dejan ir sin filtro ni delicadeza. En diez minutos, llega a la esquina donde han quedado y Patricia aún no ha llegado. Ameniza la espera con canciones del mp3. Un tipo con traje de macarra, pelo engominado y gafas oscuras pasa por delante de ella y le mira de arriba abajo. Vuelve a pasar y le pregunta algo. Laura da por hecho que no es con ella. Él vuelve a hablarle. Se quita los auriculares: ¿Hablas conmigo? El tipo sonríe: ¿Cuánto? Laura no entiende. ¿Cuánto qué? Y el engominado: Pues eso, que cuánto. Que cuánto cobras por una hora, chochete. Laura le dice que la olvide. El tipo insiste. Laura le envía a la mierda. El tipo se pone pesado, se acerca demasiado. Ella le llama cerdo. Él le dice que no sea estrecha, le toca el culo. Ella se pone nerviosa. Él insiste que se lo va a pasar bien. Jaleo. Confusión. Se oye un grito.
¿Veis estos testículos de aquí que flotan en formol a modo de escultura post-moderna? Pues es el recuerdo de aquella espera en la esquina de la calle Amapolas.