417. POTTER CLAM 341
José Javier Sarabia Barrós | ANTONIO LEBREL

Potter miró con disgusto el revistero vacío. Alguien había sustituido los periódicos deportivos por cinco gruesos volúmenes de cubiertas marrones. Estaba seguro de que había sido ella. Decididamente, era una mujer vengativa. Examinó uno de ellos.
─La Gaya Ciencia, Friedrich Nietzsche ─leyó en voz alta─. No sabía que había una ciencia gay.
Abrió una página al albur y leyó el parágrafo 341.
─Menuda tontería ─dijo cerrando el libro con un escalofrío. Pero no pudo evitar leerlo una y otra vez.
Con las piernas entumecidas tras permanecer una hora sentado sobre el retrete de oro, ejecutó a toda prisa sus abluciones y caminó cojeando hasta el despacho. No le importó la hora intempestiva. Telefoneó a su secretario, el cual telefoneó al Rector de la Universidad de Harvard, que telefoneó al Director del Departamento de Filosofía Moderna.
─¿Ha leído usted el parágrafo 341 de La Gaya Ciencia? ─preguntó Potter al doctor Parker McMurray cuando al fin lo tuvo cara a cara en su ático del Edificio Clam.
─Claro ─dijo McMurray reprimiendo un bostezo mientras se atusaba el pelo alborotado.
─¿Es posible que nuestras vidas se repitan en un ciclo eterno? ─preguntó Potter.
─Bueno, señor Clam, en un tiempo infinito una materia finita tiene finitas formas de combinarse.
─¿Cómo?
─Que es muy posible.
─Entonces todo es un déjà vu.
─Yo creo ─repuso McMurray con suavidad─ que en realidad Nietzsche nos lanza un desafío: vivir como si quisiéramos que cada instante volviera una y otra vez.
Potter se levantó del sillón, introdujo las manos en los bolsillos de su batín de lana de vicuña y miró con gesto sombrío por el ventanal. Disparadas desde el oriente, las ardientes flechas de Febo iluminaron la bandera de las barras y estrellas que pendía de la Torre Samuelsson. Potter sonrió y acto seguido extendió al doctor McMurray un cheque tan generoso que las cejas del sabio, citando al dramaturgo, <>.
Tras despedir al agradecido visitante, Potter se dirigió al dormitorio. El cuerpo de su esposa formaba una cordillera cálida y tierna sobre la estepa del colchón.
─Maryflower, despierta.
─Déjame tranquila, Potter. Si tienes ganas llama a tu nueva amiga.
─No es eso. Llevo toda la noche dándole vueltas a algo que escribió ese Nietzsche.
Maryflower se incorporó intrigada porque lo normal es que a Potter los libros le dieran sueño.
─Querida, solo somos ratones que corren dentro de una rueda.
─Eso lo serás tú.
─Es un pensamiento demasiado profundo para una mujer, lo sé. Pero la cuestión es que me siento insatisfecho. Esa es la causa de mi estreñimiento. La vida es demasiado infinita como para desperdiciarla.
─¿Has bebido, querido? ─preguntó Maryflower.
─Nunca he estado más lúcido. Debemos exprimirla. Y acabo de descubrir qué es lo que de verdad me ilusiona: la política.
─¿Te ha dado por ser alcalde?
─Frío, frío.
─¿Gobernador?
─Caliente, pero no.
─¿Presidente? ─preguntó Maryflower con un rictus de pánico.
─Te quemaste ─respondió Potter.
─Dios santo.