1406. PRELUDIO
CARMEN GARCÍA SUÁREZ | CaRperucita

Soy un tipo tranquilo. Bueno… hasta que me pongo nervioso. Y podría contaros que ese día, sí se me aceleró bastante el motor interno. Os explico algo antes.
Resulta que salí de la casa a ver si era capaz de dejar afuera la sensación de remordimiento que me acompañaba adentro. Y todo por un par de meses sin pagar el alquiler. Para ser precisos… ya iba camino de ser el tercero. Me sentía culpable dentro de aquel terreno “prestado”. Y claro, temía que en algún momento el casero se presentase por allí… Así que salí a airear mis pensamientos.
En aquel paseo sin rumbo ocurrió dos veces mi teoría de El Preludio. Soy muy dado a asociar ideas, analizar sucesos, repetir refranes… Conozco muchos, veréis: que si poco dura la alegría en casa del pobre, que si hablando del rey de Roma…, que si no hay dos sin tres… Disculpad… Iba a explicaros mi teoría de “El Preludio”. No sé si os pasa también; a mí, con la suficiente frecuencia como para afirmar que se trata de una hipótesis comprobada.
Me encaminé hacia la plaza del ilustre Cabildo. Vi aproximarse a María García con su elegancia habitual. Esos impecables andares, como desfilando por un bello cuadro con el Ayuntamiento al fondo. Pero cuando estaba más cerca y la iba a saludar, me di cuenta de que no, no era ella, solamente se parecía de manera notable.
Pude constatarlo porque algo después, apareció la auténtica María García, disipando cualquier duda. Intercambiamos dos o tres frases hechas, rápidas pseudopreguntas, sí, de esas que no esperan respuesta, del tipo: “tu madre, bien, ¿eh?” Y cuando uno se pone a relatar la caída tonta que la dejó derrengada varias semanas, María García hace ademán de coger carrerilla y, como si de un truco de magia se tratase, va menguando hasta desaparecer. De esta manera, pasa a fusionarse con el paisaje y, como teletransportada, desaparece en la Plaza de la Iglesia. Y no se encarama al campanario porque no hay agilidad.
Más tarde, en mi deambular, creí encontrar a Antonio Martínez. Ese peculiar estilo de andar medio encogido, sus pantalones holgados implorando un cinturón, su melena al viento -o calva al viento, sería más acertado decir- porque la melena al viento había volado temporadas atrás… Pero no, ciertamente, no era él. Eso sí, el parecido resultaba llamativo.
Unos cuantos pasos más tarde, me crucé con Antonio Martínez, el de verdad. Muy similar al anterior pero vestido en tonalidades más discretas. Estuvimos allí parados, estatuados frente a una estatua a la que parecía quisiéramos arrebatar protagonismo, pues allí permanecimos de charla varios minutos.
Me detuve a comprar un bocadillo de panceta que parecía gritar mi nombre desde un escaparate. Soy muy consciente y no suelo desatender ese tipo de llamadas. Emprendí el regreso disgustándolo. Opté por tomar un atajo, por una estrecha callejuela.
Fue justo allí, de frente, donde me pareció ver aproximarse a un individuo que se asemejaba mucho a mi casero…