534. PRIMATES
Luciano Montero Viejo | COMETA AZUL

Otro amanecer despejado sobre el verde inmenso. Como cada mañana desde hace dos semanas, me desperezo recreándome en mi suerte. Muy pocos humanos tienen el raro privilegio de despertarse a treinta metros de altura sobre la selva amazónica. Y sin embargo es algo perfectamente natural para mis idolatrados monos, cuyos aullidos me llegan, a modo de buenos días, desde los árboles vecinos.
Ajena a este ajetreo matutino, Laura aún duerme. Siento en mi espalda su cálido contacto y su respiración acompasada. La estación para investigación de primates, un habitáculo de nueve metros cuadrados suspendido en lo alto, puede alojar a dos personas con relativa comodidad, aunque es mejor que estén bien avenidas. En tal caso la experiencia, como me explicó pícaramente mi investigador-jefe, excede lo científico y se convierte en un retorno al paraíso terrenal.
Estoy de acuerdo. Me giro hacia mi compañera y admiro satisfecho sus hombros aterciopelados. Ella también se vuelve y sus redondos ojos de azabache me contemplan con devoción. Proyecta el labio superior, me muestra sus poderosos dientes y emite un alegre chillido. Después mordisquea tiernamente mi oreja mientras mi mano repasa complacida el sedoso pelaje de su espalda. Arriba, el sol ecuatorial empieza a calentar.