Primer beso
Alvaro Rallo Minguella | Abrakadabra

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Soy el primogénito de la familia porque soy el primero en acudir a la cita, aunque soy el más infantil de todos mis hermanos como luego precisaré.

Nací en primavera, la estación del vigor ciego y la novedad, del nacer de las pasiones, del inicio del buen tiempo. Éste acostumbra a ser mi perímetro: el del amanecer a un nuevo mundo a orillas del mar bravo en donde nacerán futuros naufragios que yo mismo, sin quererlo, habré preparado.

Yo soy el primer beso, azul príncipe, que corretea por la excitada conversación de las casi quinceañeras pidiéndome que acuda a su primera cita. También soy el primer beso, rojo impulso, que titubea entre los empujones de la barbilampiña cuadrilla que marcha a su encuentro en busca de este primer encuentro. Soy, sin lugar a dudas, el puente entre unas y otros camino al mundo desconocido del amor físico, vestidos unas y otros con nerviosas galas y muestras de exhibicionismo. Y aunque algo de físico hay en mí, nada comparable a la carga erótica de cualquiera de mis hermanos, más especializados en despertar apetencias o desánimos. Lo mío es revelación, es hallazgo, es gesta, solución al infantil misterio de aquellos que aún no saben si Amor se escribe con o sin hache muda. Lo mío es el chasquido silencioso de dos labios acoplándose torpemente con los ojos cerrados, sin saber muy bien que viene a continuación; un acto que se inicia, se resuelve y se acaba en un mismo instante. Nada más. Solo soy el primer beso, el instantáneo destello de la primera cita.

También soy el primer umbral a franquear en los encuentros menos imberbes, pero igual de perseguidos y ansiados, cuando la pasión latente busca respuesta a un encuentro que aun esconde sus intenciones. Incluso en estos momentos sigo siendo inocente, por mucho que quienes me están usando alberguen ocultas esperanzas. Para mi quedan las primeras impresiones, el final de la ansiedad de la primera cita resuelta en el primer beso, en la entrega o el disimulo de los participantes, en la respuesta a las expectativas. En mi se agotan los preámbulos y se empieza a hilvanar la historia.

Hubo una época puritana durante la que mucha gente nunca besó ni fue besada, por lo menos con la inocencia que en mí se presume. Era, por aquel entonces, obligación moral permanecer intocable hasta que no se consagrara el obligado sacramento. Casi dejé de existir. Por suerte aquellos días parecen haberse olvidado y de nuevo los poetas tejen rimas en sus cursis bastidores acerca de sentimientos excelsos, regalándome una jerarquía que me es ajena.

Yo soy solo el primer beso, sin complicaciones ni trascendencias, una chispa suspendida en el tiempo que nos iluminó por un instante el camino a seguir. Nada más.