Primer cielo de enero.
Iria Dopazo Fernández | Iria

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Cielo triste de enero. La guerra ha terminado. La muerte ha decido descansar. Mis manos agrietadas de frío esperan el roce que también la violencia me ha arrebatado. La gente espera el tren, los amantes solían besarse aquí entre raíles, pienso. Hoy ya no queda amor. El turbulento amanecer, la enfermiza soledad, ya han muerto la mitad. Me siento en una esquina a observar a las familias volviendo a reunirse: Madres que esperan a hijos, mujeres a sus padres, niños a sus abuelos desconocidos. La mirada es un recuerdo, les han cambiado a todos los ojos. No hay abrazos, solo silencio. Y miedo de tocar, de sentir que existen, aunque se sujetan las manos intentando encontrarse de nuevo, por si la memoria no ha arrasado aún con todo. Han pasado años, esto es volverse a conocer. Las madres saben que han tenido hijos y los hijos saben que alguien los ha traído aquí, aunque no se reconozcan, aunque ya no sepan quién son. Se preguntan de nuevo los nombres. Hay que volver a empezar. Yo espero a que bajes. Me temo el olvido, me temo la pena, pero espero. Me ha crecido mucho el pelo y mis hijos tienen tu nombre. Me acuerdo de él cómo si lo hubiera grabado a fuego en la sangre. Mis ojos guardan el mismo color, pero el mundo me parece diferente. Quiero tocarte la cara con las manos. Tengo la sensación de habernos visto antes, pero no sabes quién soy ahora, y lo sé cuándo me miras a lo lejos al bajar de ese tren. Las bombas te han robado la memoria y tengo que describirte mi cara como un dibujo. Mi voz no es la que era, la tuya ya no existe. Resquicios emborronados de la ausencia clavados como espinas en mi piel. Tu pelo, tu nariz, tus ojos. Solo reconozco tu nombre y tiemblo cuando tú me preguntas por el mío. Un pasado borrado para siempre en un campo de batalla. Mis hijos tienen tu nombre, pero ya ni siquiera puedo saber si es tuyo ahora. La raíz del tiempo ha crecido dentro de ti también. No tienes el pelo más largo, pero estás más triste. En silencio me abrazas porque tienes que hacerlo. Hemos compartido una vida, una infancia, que ahora parece pertenecer a una realidad quimérica. Juntar cachos de recuerdos no es recordar. Se han deshecho de la memoria a sangre fría. Se han cargado miles de pasados. Y ahora solo existe esto, el desconocimiento, la soledad, el presente. Ahora es la primera vez. Pienso que debe serlo. Mi amor ha muerto en la guerra a manos del olvido. El tiempo nos ha escupido sangre cuajada a la cara. Intento encontrarte entre el roce. Solo tengo la sensación de que eres tú, de que eres tú y soy yo y hemos sido esto antes, pero no puedo estar segura. Cierro los ojos intentando aceptar. Siento que te conozco de antes, pero en realidad nunca nos hemos visto.