Primer Contacto
Fernanda Vicente Rivera | Fausto C.

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Con la delicadeza que permite el temblor de un parto, las manos de la mujer se inclinaron a coger al bebé. Cualquier distancia más allá de su pecho era demasiado lejos después de llevarlo dentro durante tanto tiempo. Deseaba poder sostenerlo, acariciar su cuerpo diminuto, corroborar que no era solo un sueño; que había tenido a su primer hijo. Sin embargo, su ansia por recibir al niño era tanta, que no había notado que hacía unos minutos que la sala estaba en silencio. Solo los susurros de la doctora interrumpían la quietud, y eso no era tranquilizador. Miraba al enfermero, que parecía desorientado y algo preocupado. Y miraban al bebé, que seguía muy lejos de ella.

No estaba llorando.



Hay una lacrimosidad asombrosa entre los recién nacidos que, como en cualquier adulto al levantarse por las mañanas, aflora vertiginosamente y de manera casi inmediata al darse cuenta de que se les ha concedido el don de la vida sin preguntar. La diferencia es que los bebés son un poco más sinceros que los niños de 30 años, y lloran. Lloran al ser despojados de la calidez de la placenta, para tener que habituarse al frío del mundo con capas de ropa, botas, y jerséis de lana que picarán más de lo que podrán soportar; lloran porque la comida ya no cae del cielo, sino que tendrán que aprender a pedirla, hacérsela, o incluso luchar por ella. Y lloran tanto y tan fuerte, que en ese llanto desmedido se desahogan de todo lo que les está por venir, casi como si pudieran ver el futuro. El primer uso de sus pequeños pulmones se deja la vida por hacer saber que, efectivamente, están vivos, con todo lo que eso conllevará.

Es por eso que un nacimiento silencioso nunca es una buena señal. Y es por lo mismo que la doctora estaba tan preocupada; ¿acaso este bebé no sabía que había nacido? ¿No notaba el murmullo constante del mundo a su alrededor?

Antes de que la catastrófica mente de la madre pudiera seguir imaginando escenarios en los que le despojaban de su criatura, el enfermero decidió actuar un poco más rápido; colocó al bebé y se apresuró a cortar el cordón umbilical que aún unía al pequeño con su hogar firmemente,

y en el instante en el que las tijeras se cerraron al completo, el pecho del bebé se infló, intentando llenarse de todo ese vacío que le rodeaba, abrumado por la sensación de ser molestado por primera vez, sin saber qué le hacía sentirse tan mojado y extraño. Tantas cosas inexplicables para su pequeño corazón, que solo las pudo canalizar en un fuerte grito que inundó la sala y resonó hasta fuera de ella. Y, mientras unas minúsculas lágrimas rodaban por sus tiernas mejillas como un manifiesto a la vida que acababa de comenzar, la mujer pudo suspirar aliviada, saboreando el comienzo de la suya a su lado. “Este niño está sano”, escuchó al fin.