PRIMER DIA DE TRABAJO
Anna Maria Sabater Tomas | Danzarina

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PRIMER DÍA DE TRABAJO





Era una mañana de primeros de julio del año 1972, me levanté temprano y mi madre ya me dio la noticia, podía empezar a trabajar al día siguiente. El señor Pérez, responsable del Departamento de Personal de la importante empresa metalúrgica, le dijo que me esperaban a las ocho de la mañana para incorporarme al Departamento de Compras.

No hacía ni un mes que había acabado los estudios de Comercio y Secretariado, tenía quince años recién cumplidos. Para mí todo era nuevo, algunas de mis compañeras de colegio ya trabajaban desde hacía tiempo, el último año lo compaginaban con los estudios.

Creía que estaría de vacaciones todo el verano, la semana anterior había ido a la entrevista de trabajo, pero pensé que si me cogían, empezaría a trabajar pasado el verano.

Con la falda corta a rayas y la blusa azul, me presenté a la empresa con expectación, conocía a algunas chicas, mayores que yo que trabajan allí, respetadas y valoradas por el trabajo que hacían, o al menos esto era lo que decía la gente de pueblo ya que los vecinos se conocían entre sí.

Vivíamos a sesenta kilómetros de Barcelona y en un pueblo industrial, en aquel tiempo existían muchas empresas y la mayoría de los vecinos trabajaban cerca de casa, la empresa era una de las más importantes del sector y que al cabo de unos años pasó a ser una multinacional.

María Pilar era mi compañera y la que me enseñó lo que debía hacer. Un cajón lleno de facturas es lo primero que vi, una montaña de papeles de diferentes colores me esperaban con ansiedad.

Debía adjuntarles el albarán correspondiente y seguidamente repasar una a una todo lo relacionado que había en ellas, todo a mano, no debía equivocarme al repasar, me dijo, era muy importante y en caso de error debíamos devolver la factura.

No tenía ni idea de lo que debía hacer, ¡qué diferente era de lo que yo había aprendido en el cole!, las máquinas de escribir de mis compañeras no paraban de teclear, los teléfonos sonaban sin parar, el ruido de las plegadoras de chapa daban golpes cada dos minutos, los encargados del taller subiendo a las oficinas y bajando a fábrica, el director dictando una carta a su secretaria con voz chillona…

Llegué a casa cansada, pero feliz y contenta. Mi familia me esperaba con ansiedad para saber cómo había pasado el día y les dije que todo había ido bien.

!Pero en mi cabeza y sobre todo a la hora de irme a la cama, veía las montañas de facturas que había en aquel cajón de la mesa y el ruido ensordecedor de las máquinas plegadoras de la fábrica, esto no lo iba a olvidar nunca!





Danzarina.