PRIMER ENCUENTRO
Marta Salvador Tato | MST

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No sabía bien si sería apropiado darle un beso cariñoso (‘al fin y al cabo, hemos hablado mucho estos meses’) o si debía dosificar los afectos hasta aterrizar mejor en la situación (‘¿mi presencia aún le resultará extraña, a pesar de todo lo que hemos compartido?’). Intuía una conexión inmediata en esta certeza física repentina, pero deseaba que fuera él quien se lanzara a sus brazos, desesperado (‘como estoy yo’). Sintió un deseo animal, casi feroz, subiéndole por la garganta, y rogó en silencio porque todo aquel arrebato fuera compartido (‘por favor, ven aquí, no aguanto más’). Tras años de preocuparse hasta la enfermedad de lo que pensaran los demás de su aspecto, le dio lo mismo que el entorno percibiera su ansia, el mundo entero se había reducido a un telón de fondo para dos individuos caminando hacia un encuentro con el que llevaba soñando demasiado tiempo (‘se me ha hecho tan largo, por fin es hoy, ven, ven, ven’). Sabía exactamente cuánto tiempo había pasado desde la primera vez que se descubrió pensando en él en el trabajo, despistada de aquella tarea que le requería una urgencia que era incapaz de asumir, y ahora toda la perfección que había ido construyendo en torno a una idea se revelaba como real. ¿Era aquella la piel con la que había soñado, la carne que tanto había deseado abrazar hasta que le dolieran los brazos? Era y no era, aquel a quien tenía delante era mucho mejor que cualquier ensoñación, porque salía de su cabeza y se transformaba en realidad tangible, en camino hecho cuerpo, al fin. ¿Iba a ser así siempre, conseguiría estar más relajada en su presencia en el futuro, se le pasarían estos nervios, esta emoción, este vuelco constante del estómago que parecía girarle en el cuerpo? ¿Cómo sería ese mañana? No pudo evitar que la sonrisa se le desbordara por las comisuras, a pesar de que las mejillas de él estaban cubiertas de lágrimas (‘lo siento, sé que esto es mucho, no puedo evitarlo’).



Una extraña convertida en cómplice tras una mascarilla le dejó al pequeño sobre el pecho y ella olvidó de forma instantánea y mamífera aquel rato de expulsivo salvaje del que ya parecía haber pasado una vida. Una lágrima se unió a las del estruendo de su cachorro. Acercó su nariz a la suya y susurró «hola».