PRIMERA CITA 2.0
Lizette Martínez Valerio | L.

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Él tiene nombre de mascota. Ella, nombre francés; no era francesa, simplemente sus padres se pusieron líricos con su primogénita, suele explicar ella. Se conocieron en una librería del centro de Madrid. Ella estaba sentada en una mesa leyendo vino en mano. Él no sabe muy bien cómo terminó allí. Pero ahí estaban, dos cuarentones buscando nada y ya casi esperando nada.

– ¿Te gusta Sartre?

– En realidad no me gusta él en particular, quería leer este libro. Hablaban de él en alguna de mis múltiples lecturas, ya no me acuerdo en cuál.

– Pues justamente ese no lo conozco.

– Está bien. Es una especie de autobiografía de sus primeros años. Es curioso lo divertido que puede ser Sartre.

– ¿Curioso?

– Hombre, teniendo en cuenta que es el mayor defensor del existencialismo…

– ¿Te gusta la filosofía?

– No, no sé nada de filosofía.

– Pues por la respuesta que me acabas de dar no lo parece.

Ella se encogió de hombros. Él ya no sabía qué más preguntar. Ella no preguntaba, se limitaba a responder de manera cortante. Él no se rindió, y consiguió sacarle una sonrisa, incluso más palabras. Las palabras, ese era el libro que estaba leyendo ella y que él no conocía a pesar de haber estudiado Filosofía, además de Bioquímica. Fue probablemente ese historial académico lo que hizo que ella accediera a darle su teléfono y a tener una primera cita con él unos días después.

Viernes 30 de diciembre. Él acababa de dejar a sus hijos con su exmujer y le empezó a dar una pereza enorme ir a Madrid a la dichosa cita. Salió a correr, se duchó y sin pensarlo mucho, cogió el metro rumbo a Alonso Martínez. No sabía cómo terminaría la noche, pero el coche no era una opción si habían quedado a unas cañas. Ella estaba en su casa trabajando y le empezó a dar una pereza enorme tener que cambiarse y salir al frío a la dichosa cita. Apagó el ordenador y sin pensarlo mucho, cogió el metro rumbo a Alonso Martínez. Los dos llegaron antes de la hora acordada, ella un poco más y él se hizo el despistado cuando la vio de lejos. Una caña. Otro sitio. Tres vinos. Otro sitio. Otro vino. Ella habló y sonrió, también rio como suele hacer, moviendo los hombros. Él habló y sonrió, pero, sobre todo, se enamoró de ese movimiento de hombros. Bajaron andando a Plaza de España, y en la entrada del metro, llegó el beso. El beso de su primera cita, de cuando se conocieron. Porque la verdad es que se conocieron por Tinder, como muchas otras parejas de hoy en día. La historia de la librería es la que él les ha contado a sus padres justo un año después de aquella primera cita.