Primera cita
Gema Luque Pérez | Hedoné

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Fue mi primera cita. Aunque, a decir verdad, creo que el término más adecuado sería decir que fue la única cita que he tenido en toda mi vida. Porque también fue la última. Al fin y al cabo, acabé muerta.



Lo nuestro fue amor a primera vista. Aquel día había allí una barbaridad de gente pero fue él quien me llamó la atención desde el primer momento. Tenía una forma muy elegante de moverse. Con esa actitud, tan seguro de sí mismo y tan calmado a la vez. Vino directo a mí. Y eso me encantó. No dudé en quedarme con él esa noche y todas las que le siguieron.



Yo, por aquel entonces, tenía muchísimas ganas de salir a ver mundo y viajar. Nunca antes había dejado el confort y la seguridad de mi hogar. Llevaba toda mi vida en la casona familiar y solo conocía a las vecinas del pueblo. Conocerle a él fue un estallido. Estaba en mi plena juventud y me escapé de casa con él. Le hubiera seguido al fin del mundo. Los primeros días fueron antológicos. Todo iba a mil revoluciones; iniciamos juntos un viaje de crecimiento exponencial brutal que parecía desdoblarnos. Era como si fuéramos mil veces nosotros. Los rasgos de uno se compenetraban a la perfección con los del otro y recorrimos kilómetros y kilómetros casi sin darnos cuenta. Hasta que llegamos a aquel hotel de mala muerte. Aquel maldito hotel. Ahí todo cambió.



La habitación estaba destartalada y sucia. Hacía frío y no teníamos nada con qué arroparnos. Tampoco nada que comer. La cafetería había cerrado de repente unos días antes y no había ningún otro local a varios cientos de kilómetros a la redonda. Y no nos dimos cuenta de que nos habíamos quedado sin gasolina hasta apagar el motor. No teníamos forma de salir de allí. Fue la primera vez que sentí miedo. Y fue también cuando él empezó a cambiar. Estar aislados en aquella cueva oscura le trastornó. Le sobrecogió un pánico aterrador al no saber qué hacer ante aquella situación y todo se desmoronó en cuestión de horas. Aquella compatibilidad tan perfecta que habíamos desarrollado hasta ese momento se torció. Se volvió irascible y violento. Incapaz de contener la ira, descargó una corriente de golpes hacia todo. Hacia mí. Incluso hacia sí mismo. No quedó nada. Sólo un reguero inmenso de sangre y dolor.



A pesar de lo convulso y trágico de todo aquello, mi madre apenas me recuerda. Sólo notó que ese mes tuvo una regla más abundante de lo normal y que nunca le había dolido como aquel día. Después descubrió que tenía problemas de fertilidad, aunque creo que nunca supo relacionar que yo fui su primer aborto. Todos los espermatozoides de mi padre tenían un trastorno genético que era incompatible con los gametos de mi madre. Mis hermanos y hermanas. Ellas tampoco llegaron nunca a nacer.