PRIMERA CITA
ROCIO ACUÑA LORENZO | KFELITO

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PRIMERA CITA



No había sido planeado, al menos no en aquel momento. Era muy pronto y, sin embargo, ya habían tomado la decisión de seguir adelante. A pesar de sentirse aterrados con la noticia, la ilusión que la acompañaba dibuja una preciosa sonrisa en ambos.

Cada mes que pasaba estaba lleno de nuevas sensaciones, de nuevos miedos. Ella iba mirando por internet la forma y el tamaño de aquella persona que crecía en su interior. Por suerte no tuvo ni la mitad de los síntomas que escuchaba de otras madres cuando su tripa se hacía evidente. Ella no había sufrido náuseas matutinas ni ardor de estómago, tampoco le había cogido asco a ningún plato ni pudo aprovecharse para cometer pequeños asaltos a la nevera alegando que eran antojos.

Lo que se había convertido en un rompedero de cabeza era que aquella enorme tripa no le dejaba depilarse con comodidad las piernas, agacharse a coger algo del suelo y casi no recordaba la última vez que había dormido a pierna suelta. Estaba segura de haber visitado los baños de todas la cafeterías de Madrid durante aquellos meses, es como si su vejiga se subiera vuelto minúscula conforme crecía aquella enorme panza.

Quiso trabajar hasta casi el momento del parto, sin embargo, cuando sintió que si alguien más le volvía a tocar la tripa le clavaría una grapa en la mano creyó oportuno quedarse en casa y empezar a preparar la llegada de su pequeña. Tenían ya el cuarto preparado, pero aún quedaban algunos pequeños detalles como comprar el cochecito.

Le encantaba dar paseos, aunque cada vez aguantaba menos las largas caminatas. Cuando se sentía muy cansada se sentaba en alguna terraza con un libro y mientras daba pequeños sorbos al granizado de frutas del bosque notaba como la niña daba patadas en su tripa seguramente contenta por el azúcar que le llegaba.

Se acercaba el otoño y sabía que en menos de un mes pasarían a ser tres en casa. Esos últimos días no dejaba de soñar con ella, sin embargo, en sus sueños, su bebé no tenía rostro. No conseguía imaginar su carita y la ansiedad iba creciendo. Las últimas semanas tuvo que acudir a seguimiento por monitores del latido fetal. Cada vez que escuchaba el corazón de su hija sentía una emoción dentro de ella que no podía expresar.

Una mañana, mientras preparaba el desayuno, notó cómo se mojaba el pantalón del pijama. Durante unos segundos miraba hacia abajo y el mundo se silenciaba. Su chico se levantó de un salto de la cama y en unos minutos estaban en el hospital rodeados de gente que se movían en un baile bien ensayado. Ella sufría unas contracciones muy dolorosas, pero la ilusión de saber que dentro de poco la tendría en brazos era todavía mayor.

Entró en el paritorio con los ojos cerrados, solo empujaba, en unos minutos, cuando los abrió vio su carita, dulce y sonrosada frente a ella, la primera cita más bonita que hubiera soñado, bienvenida pequeña.